Desde el caminito de vaca por donde avanzaba, en la espesura de la última isleta, distinguí a traves de la cerrazón del ocaso, el movimiento entrecortado de una persona. Hacha en mano, castigaba las ramas de un caldén.
Era Tiburcio que funcionaba a destiempo, como de costumbre. El viejo tenía el hábito de alumbrarse con un farol en su faena y por los chasquidos no advirtió que me acercaba.
-Buenas tardes, Tiburcio. ¿Cómo andás?
Pegó un respingo y quedó en guardia, sin bajar el hacha. Al darse cuenta de que era yo, vi en él por primera vez, un gesto afable; me tendio la mano mientras me hablaba.
-Yo bien. ¿Y usté, que hace por acá? –
Por un momento abandonó el traje gastado de su idiotez indiferente. Pero después de este renuncio fugaz, recuperó la actitud parca reemplazando la sonrisa, apenas esbozada, por el mohín adusto habitual.
-Vengo por no perder la costumbre.
-¿Y de a pie?
-Sí, Tiburcio, es como si fuera de a pie; a veces lo logro.
-Si va ser como las otras veces, pa´desaparecer enseguida …
Sin agregar palabra se dio vuelta y siguió hachando.
Acaso era su discapacidad la que nos ayudaba a conectarnos. Yo sólo pensaba en el aroma de este lugar y su esencia siempre dispuestos a recibirme.
El trayecto sabía que me demandaba, por lo menos, una hora y media de marcha; poco o nada me importaba, cuanto más tardara mejor, así disfrutaba cada trecho del camino.
El colectivo dejó el asfalto y se detuvo aparatoso, por los baches de la banquina, frente a la tranquera de nuestros vecinos.
-Suerte con la caminata- les dijo el chofer, yo me colé facilmente entre ellos.
-¡Gracias!- le grité ya abajo- en quince días nos vemos. No me escuchó aunque todavía no había cerrado la puerta.
Que bajara gente en medio del camino era una nota de color para el pasaje, asique algunos levantaron la mano cuando el colectivo arrancó.
Por un instante contemplé el paisaje como si fuera la primera vez, los otros viajeros se fueron alejando por su rumbo y yo emprendí la marcha por el medio del salar sintiéndome un expedicionario. Recordaba como crujían a cada paso las losetas de la laguna reseca que el sol, con infinita paciencia, desde siempre se obstina en ordenar. Este humedal se mantiene con el aporte de un arroyo que recoge las lluvias del vallecito por donde transcurre. Las descargas pluviales se han retrasado en la zona y se adelantaron los calores, por eso sólo en el centro aún resistía un manto de agua exiguo. Si bien la ventaja es que, cruzando en línea recta esta parte sin agua, me ahorraba un par de kilómetros, ahora carecía de sentido el ahorro.
Nuestra zona, una vez más era castigada por la sequía; estas circunstancias comprometen el crecimiento del pastizal y ponen en riesgo la producción ganadera.
Con el final de la laguna apareció el limpio de la alfalfa donde se perfila en el horizonte, un enorme caldén; este supremo protector, erguido en la hondonada, se alza como dominando su feudo; las cotorras, generación tras generación pueblan sus brazos con nidos-conventillos que inundan el aire de chismorreos. Todavía no llegaba a la mitad del camino pero, un poco por descansar como lo hice siempre, y otro poco por estirar el placer del paseo, me senté al pie del tronco y bajo su amparo me dispuse a disfrutar, una vez más, la vista que se extiende hacia el horizonte.
A esta franja la tapiza una alfalfita, sembrada vaya uno a saber en qué época; tal vez cuarenta años atrás, ya se puede considerar natural del lugar. Se mantiene por las napas casi a flor de tierra. De tiempo en tiempo, cuando las lluvias exceden lo habitual, aflora la humedad formando lloraderos que se acumulan y generan lagunitas, finalmente se descargan encausados como hilos de agua para alimentar el arroyito.
El arroyo, como presuntuosamente lo llamábamos, sólo corre cuando llueve y por unos pocos días mantiene su cauce con los chorrillos. El mayor mérito es su historia que se confunde en el tiempo. Su nombre, Netrafó, data de la época tehuelche; la población araucana, más reciente, no lo reconoce en su lengua. Quiere decir angosto, estrecho y sin dudas hace referencia a su cauce reducido.
Soñé hasta el cansancio con la fantasía de poseer algún día este campo vecino a Los Mimbres; me veía recorriendo esos lugares. La inclinación hacia la actividad rural estaba implantada en mí como un gen forjado por generaciones de campesinos cuyas raíces se pierden en los siglos, desde donde me miraban aún perplejos.
Amo el campo en toda su diversidad: las costumbres, el don de gente que poseen sus pobladores que podría llamarse “don del campo” donde se fusionan sencillez, intuición y nobleza. Aquí se vive y se muere en armonía. Por todo esto cuando terminé el secundario en una escuela agrotécnica seguí estudiando veterinaria con la certeza de continuar cultivando mi vocación.
Los comienzos en la facultad fueron duros, no sólo por las exigencias académicas, sino también, por el sesgo que el gobierno de facto, le imprimía al país. A partir del año 1976 se patentó una nueva forma de violencia por parte del estado: la represión preventiva. A la que no escapaba ningún estamento, mucho menos el ámbito universitario.
La actividad política era nula, pero eso no era lo que más me inquietaba; yo estaba enfocado en el estudio y difícilmente me hubiera embarcado en controversias estériles enfrentado a gente como yo que, aunque pensaran diferente, bien podía compartir la mayoría de mis sueños.
Lo verdaderamente preocupante era que agentes de las autoridades seguían a los alumnos en forma permanente, tratando de descubrir alguna conducta que pudiera ser tildada de subversiva.
En nuestro curso, llegamos a tener un infiltrado entre los compañeros, disfrazado de estudiante. Con inquina lo bautizamos “El tres veces animal”. Era un individuo, más bien grotesco; lejos de intimidarnos, llamaba al bochorno. No daba pico en bola.
En una oportunidad, en un práctico de semiología sobre tacto rectal exploratorio, ya harto de hacer algo que aborrecía pero que resultaba una obligación si pretendía permanecer camuflado en el curso, sacó el brazo y la mano de un tirón, intentando terminar abruptamente con el suplicio que le significaba.
A medida que salía su brazo del recto, se fueron generando los movimientos previos al zafarrancho. Se tensó el vientre del animal justo antes de emitir el cañonazo. No había leído la guía del práctico y nadie estaba dispuesto a advertirle que la mano se debe retirar suavemente; todos esperamos el chorro verde, brillante, viscoso y diarreico que lo empapó desde los anteojos hasta las medias. La yegua de Semiología nos vengaba.
Carlos Pumaloro: puma, loro y Carlos. Nos divertíamos a sus espaldas.
Desciframos de antemano su estrategia, pero era tan pavo el pobre, que temíamos herirlo y seguimos con la parodia del agente secreto, no fuera cosa que se enojara con alguno y lo mandara al frente.
Terminaba dando lástima, aunque la mayoría lo detestaba.
Una nube de mosquitos me estaba transfundiendo, aún me quedaba la sensación patente, antes de que me contagiaran su vampirismo y me llevara a arremeter contra la yugular de alguna oveja, reinicié la caminata. El sendero trascurre por la vía vieja flanqueado por un vallecito de cortaderas. Matas enormes, que formaban casi un bosque. El viento las mecía obligándolas a saludarme como doncellas cortesanas hubieran hecho con un caminante guerrero. Estos lugares con su frescura y seducción elevaban mi costado fantástico hasta convertir mi peregrinar en una gesta épica, no era para menos.
La vegetación también da cuenta de la gran humedad del terreno que conforma el valle. Esta peculiaridad le confiere un incremento al valor de los “bajos”, como la gente los llama. Aunque no llueva por tres meses el lugar igual se mantiene con una buena provisión de pasto para paliar la falta en otros cuadros del campo, que no tienen los beneficios de las napas superficiales.
Comencé a atravesar el sorgo ya crecido de la loma y al privarme del horizonte, me sumergí en un laberinto verde-oscuro de perfume y rumor. Es que después de dos semanas de ausencia, el mínimo detalle en la observación de este lugar tan querido seguía revelándome recuerdos. Acá, en este sorgal, con Sabina nos caímos de la alazana vieja, cuando yo tenía doce años y ella medio menos y en vez de sorgo había trébol. Trébol de olor del que mi padre se enorgullecía por su metro veinte de altura. En el suelo se establecía una espesura que amortiguó aquella caída esperada. Aunque la pobre yegua no fuera capaz de tirarnos, nosotros, entre risas y chacoteo, hicimos cuanto fuera posible, siempre sin querer, para aterrizar en el muelle del pastizal. No podía ser impudor, no teníamos edad para esas sutilezas pero sí descubrimos el encanto de mirarnos con los ojos fijos y agrandados.
¿Qué sería de la vida de Sabina? La única vez, en los últimos años, que habíamos coincidido en un café, la vi radiante, acompañada del adinerado de la ciudad. Ella ni siquiera se dio cuenta de que en otra mesa estaba yo con mis amigos o me ignoró. La frivolidad de la conversación que escuché y mi propia timidez lograron hacerme invisible; me alejé de aquel lugar como un furtivo. Podía imaginarme los aires de grandeza que ostentaría con semejante compañía y más, la imaginaba sabiéndose codiciada como una mujer fatal; había quedado muy lejos de la dulce Sabina de la adolescencia.
Pincelada tras pincelada el ocaso fue oscureciendo las últimas nubes, pretendiendo dar por terminado el día, pero los planes eran otros, la jornada aún tuvo vida: es que la luna cómplice, siguió iluminando aquel encanto. Los Tunducos entonaban sus endechas anunciando mi presencia. Asombrados comentaban el extraño acontecimiento de mi paso.
Un dormilón bromista se abalanzó forzando sus plumas en el aire. Se burlaba de mi condición terrestre; se engañaba, yo también volaba con las alas del alma.
Al salir del último montecito, donde el camino serpenteaba, se divisaron como sombras en el horizonte nocturno, los mimbres gigantes. En esta época del año comienzan a manifestar su exuberancia y a través del follaje aparecía alguna que otra luz entrecortada por el ir y venir de mi madre. Todos los viernes a la tardecita seguía alimentando la utopía de verme llegar, pero terminaba maldiciendo la ignorancia cruel y necia del Capitán Pumaloro.
Por Gisela Colombo
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
