En una casa de barrio de la capital riojana, una mujer consulta por videollamada su carta astral. A pocas cuadras, otra deja una vela encendida al costado de la ruta, frente a un pequeño santuario improvisado. Esa misma noche, un grupo se reúne en un salón para participar de una “sanación energética”. Ninguna de estas escenas es excepcional. Todas conviven. Todas crecen.
Jorge Brizuela Cáceres
El Federal Noticias
En la provincia de La Rioja —y por extensión en las regiones del NOA y Cuyo— la fe no desaparece: se transforma, se mezcla y, cada vez más, se comercializa. En tiempos de incertidumbre estructural, lo religioso, lo esotérico, lo mitológico y lo metafísico se reconfiguran como respuestas posibles a una pregunta persistente: cómo encontrar sentido cuando el entorno deja de ofrecerlo.
Crisis prolongada, sentidos en disputa
La Argentina atraviesa desde hace años una inestabilidad que ya no es coyuntural sino estructural. Inflación persistente, deterioro del ingreso, informalidad laboral y una creciente desconfianza en las instituciones conforman un escenario donde el futuro aparece difuso. En provincias como La Rioja, donde el empleo público y las economías de baja escala tienen un peso determinante, esa incertidumbre se vuelve cotidiana.
En ese contexto, la noción de “anomia” desarrollada por el sociólogo francés Émile Durkheim (1958-1917) cobra actualidad: cuando las normas y referencias sociales se debilitan, los individuos buscan nuevos marcos de orientación. La religión fue históricamente uno de ellos. Hoy, ese espacio se amplía y se diversifica.
Datos empíricos confirman que no se trata de percepciones aisladas. La Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas elaborada por el CONICET muestra que el 62,9% de los argentinos se identifica como católico, mientras que los evangélicos alcanzan el 15,3% y quienes no tienen religión llegan al 18,9%. Más relevante aún es la tendencia: cae la identificación con estructuras tradicionales y crece la fragmentación de creencias.
El mismo estudio revela un dato estructural: la desvinculación institucional no implica ausencia de fe. Entre quienes no adhieren a ninguna religión, el 71,6% afirma creer en energías, el 55,2% en la suerte y el 33,8% en la astrología. La creencia no desaparece: se desplaza hacia formas difusas, menos normadas y más permeables al consumo cultural contemporáneo.

Celebración de Semana Santa en el «Señor de la Peña», La Rioja.
Tradición, territorio y mercado
El mapa espiritual del interior argentino no es homogéneo. En La Rioja conviven —y se superponen— al menos tres dimensiones.
La primera es la religión institucional, con la Iglesia católica y el crecimiento sostenido de iglesias evangélicas. En barrios periféricos y sectores vulnerables, estas últimas cumplen funciones que exceden lo religioso: contención, asistencia y construcción de comunidad.
La segunda es la religiosidad popular, profundamente arraigada en el territorio. Las devociones al Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte no solo persisten, sino que se reactivan. En rutas, casas y espacios públicos, los altares se multiplican. No se trata únicamente de fe: hay identidad, pertenencia y memoria colectiva.
La tercera capa —la más dinámica— es la espiritualidad de mercado. Astrología, tarot, registros akáshicos, manifestación, biodescodificación, constelaciones familiares. Prácticas que se presentan como terapias, que circulan en redes sociales y que funcionan bajo lógica de servicios. No requieren institución ni tradición: requieren demanda.
Investigaciones académicas del sistema científico nacional señalan que en la Argentina se consolida una lógica de “religión a la carta”, donde los individuos combinan elementos de distintas tradiciones según sus necesidades personales. Este proceso, documentado en repositorios del CONICET, refleja un corrimiento desde la autoridad institucional hacia la experiencia individual como fuente de legitimidad.
La economía de lo intangible
A diferencia de la religión tradicional, estas nuevas formas de espiritualidad operan en un terreno difuso entre lo simbólico y lo económico. Consultas personalizadas, talleres, cursos y retiros configuran una oferta en expansión, con precios que varían pero que, en muchos casos, representan ingresos significativos en relación al contexto local.
Sin regulación clara ni controles efectivos, se trata de un circuito donde predominan los pagos informales y la autogestión. Plataformas como Instagram y TikTok funcionan como vidriera, canal de captación y herramienta de legitimación. La autoridad ya no se construye desde la institución, sino desde la visibilidad.
Lo que emerge es una economía emocional paralela, donde se comercializa algo más que un servicio: se vende sentido, alivio, dirección.

Procesión a San La Muerte, norte argentino.
Por qué ahora: incertidumbre y subjetividad
El crecimiento de estas prácticas no es casual. Responde a una combinación de factores. Por un lado, la necesidad de reducir la ansiedad en contextos imprevisibles. Por otro, la búsqueda de control frente a variables que exceden al individuo. En ese punto, la obra del psiquiatra austríaco Viktor Frankl (1905-1997, fundador de la logoterapia) resulta pertinente: cuando las condiciones materiales fallan, la búsqueda de sentido se vuelve central.
También hay un cambio cultural. Las nuevas generaciones se alejan de las estructuras rígidas, pero no necesariamente de la espiritualidad. Prefieren experiencias flexibles, personalizadas, compatibles con su vida cotidiana. La fe ya no se hereda: se elige, se combina, se consume.
El antropólogo polaco-británico Bronisław Malinowski (1884-1942) observó que los rituales aumentan en contextos de incertidumbre. En el interior argentino, esa lógica se actualiza: las prácticas no desaparecen, mutan.
A pesar de estos cambios, los estudios coinciden en que la matriz cultural cristiana continúa siendo dominante. Más del 90% de la población declara creer en Jesucristo, lo que indica que las transformaciones no implican ruptura, sino reconfiguración sobre una base simbólica persistente.
Entre la contención y la explotación
El fenómeno no está exento de tensiones. La ausencia de regulación abre interrogantes. ¿Quién certifica estas prácticas? ¿Qué ocurre cuando una persona en situación de vulnerabilidad deposita expectativas en un servicio sin respaldo profesional?
A esto se suma la dificultad para auditar los flujos económicos. Actividades basadas en servicios intangibles, con ingresos en efectivo y sin trazabilidad clara, pueden convertirse en espacios propicios para la informalidad extendida. No es una característica exclusiva del sector, pero sí una condición que lo atraviesa.
En algunos casos, además, se generan relaciones de dependencia simbólica entre consultante y “guía”, donde la promesa de solución se prolonga en el tiempo. La frontera entre acompañamiento y captura se vuelve difusa.

El «angelito» Gaitán, en Villa Unión, La Rioja.
La Rioja como laboratorio social
La escala de La Rioja permite observar estos procesos con mayor nitidez. En una provincia donde lo tradicional convive con lo emergente, donde las redes sociales amplifican prácticas que antes eran marginales, y donde la economía condiciona las decisiones cotidianas, el fenómeno adquiere densidad propia.
Aquí, la fe no es un residuo del pasado ni una simple moda contemporánea. Es una herramienta. Un recurso. A veces una salida.
Desde otra perspectiva, informes del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina señalan que la religiosidad se mantiene relativamente estable, pero con una participación institucional irregular y decreciente. En contextos de vulnerabilidad, la religión continúa cumpliendo un rol de contención, aunque ya no necesariamente canalizado a través de estructuras formales.
Entre la necesidad y el negocio
La expansión de lo metafísico en contextos de crisis no debería leerse únicamente como irracionalidad o retroceso. Tampoco como una solución en sí misma. Es, en todo caso, un síntoma. Un indicador de época.
Cuando el Estado se vuelve insuficiente, cuando el mercado formal no integra y cuando los relatos colectivos pierden fuerza, el individuo busca respuestas donde puede. Y donde hay demanda, aparece oferta.
Los datos permiten trazar una conclusión menos intuitiva que evidente: en la Argentina contemporánea no disminuye la necesidad de creer, sino que se debilitan los marcos tradicionales que organizaban esa creencia. En ese desplazamiento —desde la institución hacia el individuo— se abre un espacio donde conviven fe, cultura y mercado, especialmente visible en territorios como La Rioja, donde las estructuras sociales y económicas amplifican la búsqueda de sentido.

Carta astral, base de la astrología.
Certezas en tiempos inciertos
La escena se repite: alguien consulta, alguien promete, alguien cree. En La Rioja, en el NOA, en Cuyo, en toda la Argentina. No importa si es un santo, una carta astral o una técnica de sanación. Lo que importa es la función que cumple.
En tiempos donde todo parece inestable, la fe —en cualquiera de sus formas— se convierte en una de las pocas estructuras disponibles para sostener la intemperie.
Se consultó tanto a referentes religiosos como a practicantes de disciplinas esotéricas en la provincia. En la mayoría de los casos no hubo respuesta. El silencio, en un contexto donde la exposición es constante en redes sociales, no resulta menor: habla de una actividad que crece, pero que todavía se mueve con cautela cuando se la somete a preguntas formales.
