Por Gisela Colombo
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Esa tarde prefirió quedarse en la casa. No era un buen día para ir a caminar porque el viento del día anterior aún crujía allí, afuera.
En ese momento tuvo deseos de llamar a su madre pero rápidamente se enfrentó con el golpe del pensamiento: no podés hablar con ella, murió hace un año. La tristeza empezó a iniciar su insidioso camino mientras Laura miraba la última planta que ella le había entregado para que la cuidara. Le gustaba tenerla en el living, cerca de la ventana. Creía que ese espacio adornado con una palmera y helechos era su pequeño jardín.
Entonces ―se dijo― al final, fue mejor así, como se fue dando todo, sin sufrimientos, sin despedidas, sin una nueva mañana en el hospital hablando con los médicos.
Una pequeñísima hormiga comenzó a deslizarse por una hoja de la planta y Laura sintió en su propio cuerpo un temor vegetal, pero no hizo nada para acabar con ella: su desánimo no le permitía ejercer ninguna acción impulsiva. La hormiga desapareció de la vista y el teléfono empezó a sonar.
―¿Vas a venir?― le preguntó Silvia desde el otro lado. ―Mirá que te estamos esperando―
―¿Pero cómo Silvia, si yo no les prometí que iría esta tarde? Estoy cansada ―mintió Laura― y afuera hay unas ráfagas impresionantes y hace mucho frío!
―¡¿Qué frío?! ¡Dale, te esperamos!―insistió Silvia con una voz tipo color amarillo. Laura percibía a las voces chillonas e hirientes, como amarillas. ―No, no― se defendió Laura y se acercó a la planta para buscar a la hormiga.
El pequeño insecto no estaba visible pero Laura sabía que ahí permanecía, escondido u oculto por alguna de las hojas de la palmera. Colgó el teléfono y se tranquilizó al no escuchar la voz de color amarillo.
Las imágenes del hospital habían desaparecido, los largos pasillos, el ventanal con el vidrio roto, la silla improvisada para trasladar a los pacientes, las estampas que danzaban día y noche en su retina la dejaron descansar. Fue hasta la biblioteca buscando qué podría leer. Tenía que ponerse al tanto con tantas lecturas postergadas y muchas ya no tenían ninguna importancia. Iba descartando lo superfluo, aunque en realidad nunca tuvo nada considerado banal en su biblioteca. Tomó el libro que Roberto le había regalado hacía unos años. Con dulzura lo llevó hasta el living y se sentó. Una inmensa ternura se apoderaba de su mano. Era como la misma ternura de él y lo abrió como siempre, por atrás. Todavía se leía el subrayado sobre el poema de la penúltima página, uno de sus preferidos.
Continuó hoja por hoja hasta que apareció ya muy seca, casi una lámina translúcida, el capullo de rosa también regalo de Roberto de ese día, cuando cumplió cuarenta años. La depositó, suave, sobre la pequeña mesa. Deseaba verla sobre el vidrio, cerca de la maceta donde estaba la palmera. Como delgadísimas alas de una mariposa, todavía conservaba las líneas de las nervaduras casi moradas, sobre un rosa pálido antiguo.
Algo del viento que soplaba, no tan intenso como había imaginado, se filtró por una hendija de la persiana y le produjo un escalofrío. Pensó que sería mejor cerrar la ventana del todo y la otra, la del dormitorio, también. Seguramente esos aires del sur pronto cesarían según el pronóstico y podría abrirlas nuevamente. Era algo que no soportaba: las ventanas cerradas.
Sería bueno tomarme un café, pensó mientras se dirigía a la cocina y hasta allí la acompañaron sus recuerdos, su madre, Roberto.
Sí, el café resultó ser muy reconfortante. Regresó al living y tuvo necesidad de estar con el libro. Volvió a sentarse. Sobre la mesa, podía verse la página del penúltimo poema. A su lado, el pequeño pimpollo, lo que había sido un bellísimo capullo, ahora una sutil forma transparente pareció deslizarse, moverse hacia un costado. Laura miró detenidamente el borde de la misma, y vio a la diminuta hormiga, desplazarse de un lado para otro.
Con mucho cuidado colocó el inválido capullo dentro del libro y finalmente lo llevó hasta la biblioteca.
El viento había cesado completamente. Laura abrió al fin la ventana del living, y se quedó así mirando largamente la nueva casa que estaban construyendo. Un pájaro ligero cruzó el patio y se fugó hacia arriba, lejos de su vista.
Sobre la mesa, la pequeñísima hormiga rastreaba un camino, un aroma, algo, donde en algún momento hubo una flor marchita.
Amalia Mercedes Abaria. Buenos Aires. Lic. en Sociología. Publicó seis poemarios, dos libros de cuentos y uno de Microficciones. Últimamente muy dedicada a la pintura, su otra pasión. Y en la etapa final de su próximo poemario.
Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
