Para El Federal Noticias
Hace poco menos de sesenta años se estrenaba una película que, para muchos, es de culto, a tal punto que unos años más tarde se realizó una remake. Me estoy refiriendo a El profesor chiflado, película cómica rodada en 1963, producida, protagonizada y dirigida por Jerry Lewis.
En la película se relatan las peripecias de un profesor de química con problemas de sobrepeso, quien decide transformarse en un apuesto joven enamorado y musculoso llamado «Buddy Love». Evidentemente, es una parodia de la novela El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde de Robert Louis Stevenson. El protagonista, el profesor Julius Kelp, se enamora de una alumna, pero se siente en inferioridad de condiciones para competir con sus alumnos musculosos, él es un obeso. Entonces, decide cambiar su aspecto físico y para ello recurre a sus conocimientos sobre química. Crea un brebaje que le cambia su cuerpo y hasta recurre a seudónimo: Buddy Love (Amigo Amor). La consecuencia inesperada, el efecto colateral, fue que una vez que cambió su aspecto, perdió interés por la bella alumna y se enamoró de si mismo.
En un país muy remoto, de cuyo nombre no me acuerdo, había un político mediocre. En realidad era un abogado burócrata que, en la década de los noventa se acercó, a través de un economista que por esos tiempos atravesaba su mejor momento, al círculo íntimo del poder. Terminada esa década, en ese país remoto, se desató una crisis de gobernabilidad única e irreproducible: el presidente fue desplazado y no había nadie que quisiera reemplazarlo. Fueron cuatro los señalados pero, todos decían “¿yo señor? No, señor. Le toca al gran Bonete. Al final, el bonete le cayó perfecto a quién tenía la cabeza más grande.
Este presidente provisional y cabezón, se dio cuenta rápidamente que tenía que rodearse de aquellos que manejaban los verdaderos hilos del poder. La iglesia católica, los capitanes de la industria, fuerzas armadas y destacados políticos convinieron en que su mandato se prolongaría unos años, hasta que ese país remoto lograra un punto de equilibrio.
Entremezclado entre toda esa gente, en realidad escondido entre la multitud, el pequeño burócrata mantenía su camuflaje y se mantenía inmune a la crisis. Primero fue asistente de aquel economista, que por esos días ya había caído en desgracia. Luego se mudó a la provincia más importante de ese país, refugiándose en un puesto del banco estatal, para luego, cuando el presidente provisional y cabezón asumió su cargo, volver a la capital del remoto país, acovachándose en otra oficina pública. Hasta que ocurrió lo impensado.
Una revuelta iniciada por un grupo de trabajadores ferroviarios se descontroló y la represión policial fue tan violenta que se produjeron dos muertos. La imagen del presidente provisional y cabezón cayó estrepitosamente. Los mismos que lo habían encumbrado lo dejaron de lado no sin antes pedirle que nombrara a un sucesor. Volvió a pasar lo mismo, el presidente provisional y cabezón le ofreció la candidatura a varios y todos tenían excusas, incluso uno le llegó a decir que no aceptaba “porque había visto cosas”. El único que aceptó fue un gobernador de una pequeña provincia, con menos habitantes que un barrio de la capital del remoto país.
Como el presidente provisional y cabezón no quería perder contacto con el poder, le pidió a su posible sucesor que, llegada la oportunidad, nombrara como jefe de ministros al profesor de derecho que le había sido tan fiel durante los últimos años. El ex gobernador no ganó las elecciones, sacó solamente el 22% de los votos, pero como el ganador desistió de ir a una segunda vuelta electoral, el delfín del presidente provisional y cabezón asumió como presidente.
Una de las primeras medidas que tomó el ex gobernador, ahora presidente, fue girar sobre sus pasos ignorando a su mentor. Nuestro profesor, fiel a sus principios, se acercó al oído del nuevo primer mandatario y le dijo “le pertenezco”, recreando la figura de Joseph Fouché, un corchito que flotó y sobrevivió políticamente a la última monarquía absolutista francesa, a su revolución, a la década del terror y al propio Napoleón. Que comenzó como comunista, luego fue cura, ministro, diputado y se retiró como conde. El querido profesor había trabajado para los tres últimos gobiernos, así que, una mancha más no le haría nada al tigre.
Con lo que no contó el profesor fue que el ex gobernador, devenido en presidente, primero le iba a entregar la banda presidencial a su mujer y que luego de cuatro años, cuando ya se preparaba para regresar como primer mandatario, se muriera.
La señora del ex gobernador y ex presidente, fue por un segundo mandato. El profesor se acercó a la dama y le susurró al oído “le pertenezco”. La mujer lo consultó con su hijo y llegaron a una conclusión: no lo necesitaban, era un burócrata sin territorio ni gente que lo siguiera y para abogado obsecuente, ya contaba con dos. Uno de origen comunista y otro sin ideología, pero dispuesto a limpiar zapatos, llevar carteras y soportar a que lo llamaran pelotudo.
El profesor no había logrado conquistar a la señora. Despechado como estaba, comenzó a recorrer canales de televisión, radios, diarios, y todos los medios digitales, contando chanchullos, hablando intimidades de la señora, llamándola cómplice de delitos de lesa humanidad y corrupta.
Como la señora no podía ir por un tercera mandato, buscó en su cohorte un reemplazo. Un bufón que estuviera dispuesto a sentarse en su sillón cuatro años, hasta que ella volviera. El problema fue que el pueblo ya conocía al bufón. Perdió las elecciones.
Durante cuatro años la señora y su gente se encargaron de hostigar a su sucesor que representaba a una coalición enfrentada con ella. El tipo parecía bueno, la gente comenzó a seguirlo hasta que, como ese mismo nuevo presidente dijo: “pasaron cosas” y fueron graves. Durante su último año de gestión la economía volcó y mucha gente que lo había votado estaba enojada. La señora vio la oportunidad y también las desventajas. Ella ya no media bien entre el electorado. Había que buscar a un segunda línea, un burócrata sin mayores aspiraciones que le fuera fiel y que a la vez, vestido de moderado, captara los votos de los desencantados con el presidente. Frotó la lámpara y encontró el nombre: el profesor de derecho.
Una jugada magistral. ¿Quién podía imaginar que la señora llevara como candidato a una persona que la había tratado de corrupta, delincuente e inestable psicológicamente? Si recurría a alguien así, era porque estaba segura que esa persona se iba a desdecir y que el electorado vería a este candidato como alguien distinto, un moderado que venía a tapar grietas con hormigón, que construiría puentes, cuidaría a los viejos y lo más importante: aseguraría que todas, todos y todes iban a volver a comer asado. El querido profesor de derecho estaba de vuelta.
A pocos meses de haber asumido como presidente, tuvo que enfrentar a una pandemia, la más grave de la historia pues, estaba alcanzando verdaderamente a todo el mundo. El profesor-presidente tenía como ministro de salud a una persona muy bien preparada que lo aconsejó rápidamente: “no te preocupés, estamos lejos, es verano, acá no llega.” Pero llegó, entonces el mismo ministro le dijo: “cerremos todo, que nadie salga de su casa, crearemos aduanas interiores, vos sos el presidente, tenés el poder, sos He Man”. Y el profesor chiflado se lo creyó, alzó su brazo, se vio con una melena corta y rubia, y le gritó a sus súbditos: “Me van a hacer caso, por la buenas o por las malas, ¡Por el poder de Grayskull”. Exhibió a su perro con nombre de rockstar y se dispuso a gobernar.
Su segundo grito fue: “A mí no me interesa la economía, me interesa la salud.” El pueblo lo ovacionó. Al mes siguiente, informó que el mundo tenía a ese país remoto como modelo, que en Italia y España morían de a miles y que si su predecesor hubiese continuado en el cargo, habría pasado lo mismo. El presidente un país vecino, mucho más pequeño, lo escuchaba azorado y dudando. Se preguntaba “¿y si He Man tiene razón?, yo decidí no hacer cuarentena siguiendo los pasos de Suecia, ¿estaré tan equivocado?”
Pasaron los meses y nuestro profesor chiflado, Baddy Love para algunos, He Man para otros, se fue olvidando de sus orígenes, se enamoró de su nueva figura.
Su mentora lo llamó por teléfono y le ordenó que fuera hasta su departamento, tenía algo que decirle. “Baddy Love, está bien eso de preocuparte de la salud y luego de la economía, pero acordate de mi tema. Hay unos jueces a los cuales yo les grité, les dije que la historia los iba a juzgar y ahora me tienen entre ojos, correlos. Llamá al Consejo de la Magistratura, reformá la Justicia. Total, la gente está en otra. Hace cinco meses que no labura, no ven a sus seres queridos, caminan como zombies con barbijos, aprovecha, es ahora o nunca”. El profesor dudó y tenía razón para hacerlo. Miles de golpistas anticuarentena se reunieron en plazas, marcharon, gritaron tan alto que la Corte de Justicia los escuchó y dijo: “momento, no hagan nada, vamos a estudiar el tema.”
La señora enloqueció, llamó nuevamente al profesor. Lo amenazó, le dijo que iba a echarle a todos los ministros que le eran afines, incluso al lindo de ojos azules, que al embajador ante la OEA le iba a hacer decir tales pavadas que sería el hazmerreír del mundo, que mandaría a tomar tierras, que los sindicatos se iban a ir distanciando y le iban a pedir aumentos, que sus viejos amigos lo llamarían inútil.
Hoy, al profesor chiflado solamente lo acompaña su perro rockero. Le dice al ministro de economía que tome sesenta medidas urgentes. Este sólo tomó tres que tuvieron inmediata repercusión. Caen los bonos a precio de default, desaparecen 7.000 millones de dólares y las multinacionales comienzan a dejar el país.
En el paisito vecino su presidente ve televisión y se entera que el profesor chiflado ya cuenta más de veinte mil muertos por la pandemia, que el producto bruto cayó 19%, que las reservas de su banco Central se están agotando, que la pobreza alcanza a la mitad de la población, que cerraron 250.000 empresas, que es el único país del mundo donde las fronteras internas siguen cerradas y que no hay vuelos. El presidente del paisito vecino levanta el tubo y llama a su secretaria, le pide concertar entrevistas con los familiares de los cuarenta y dos fallecidos a causa del Coronavirus. Apaga el televisor y respira aliviado; es que en algún momento dudó si He Man no tendría razón.
*Sergio Capozzi: Abogado, docente universitario, posee una maestría en Historia Política Contemporánea, consejero del Comité Olímpico Argentino, Árbitro Institucional.
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