PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Hace unos pocos días, los argentinos conmemoramos un nuevo aniversario del fallecimiento de José de San Martín, el Padre de la Patria. Si hubiésemos tomado el ejemplo de los Estados Unidos no hablaríamos de un Padre de la Patria sino de Padres Fundadores y así, entre ellos, tendríamos a Belgrano, Moreno, Sarmiento, Roca, Avellaneda y sin lugar a dudas a Juan Bautista Alberdi.
En 1810 un grupo de destacados vecinos de Buenos Aires, impulsaron una revolución que tenía como primer objetivo el libre comercio. Tal fue así que,se tardaron seis años para que – con el impulso de San Martín, Belgrano y otros patriotas- se declarara la independencia de las Provincias Unidas del Sud (que si precisamente algo no tenían, era ser unidas). La primera Constitución tenía dos objetivos: la independencia y la libertad. El resto de las garantías y derechos y -sobre todo- la consolidación de una república tendrían que esperar.
El precio que se pagó por la demora en lograr la unidad nacional fue carísimo: se perdieron los territorios del Paraguay, Alto Perú y la Banda Oriental. Este último a partir de que las provincias dejaron sola a Buenos Aires luchando contra el imperio brasileño.
A los obscuros años del anarquismo le sucedieron dos décadas bajo el irregular gobierno de Juan Manuel de Rosas hasta que, el 3 de febrero de 1852 ,su ejército fue vencido por el llamado “Ejército Grande”, bajo las ordenes de Justo José de Urquiza (gobernador de Entre Ríos y a la sazón, el hombre más rico de la región, seguido por su vencido).
Transcurrieron cuarenta y tres años desde la Revolución de Mayo hasta que Urquiza tomó la decisión de organizar estas tierras bajo un régimen democrático, federal y republicano y, para hacerlo, recurrió a Juan Bautista Alberdi. Este jurista había escapado de la persecución de la Mazorca, radicándose primero en Montevideo y luego en Valparaíso. Durante más de veinte años se había dedicado a estudiar derecho constitucional. Sus escritos se publicaban regularme en revistas especializadas y en periódicos chilenos. Curiosamente, su principal crítico era otro argentino que vivía en Santiago, Domingo Faustino Sarmiento.
De regreso a la Patria, con su obra maestra, Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina bajo el brazo, y junto a su viejo amigo y colega Juan María Gutiérrez, se puso a escribir la que sería la Carta Magna y columna vertebral de la Nación que durante ochenta años, jamás fue violentada.
La organización por él soñada y concretada, posibilitó que la Argentina se convirtiera en uno de los países con más alto porcentaje de alfabetización. El comercio creció de tal forma que en treinta años estas tierras remotas fueron el destino elegido por millones de inmigrantes; y el país llegó a ubicarse como la séptima economía del mundo.
Alberdi tenía tres obsesiones: libertad, poblar y educar.
“La democracia es la libertad constituida en gobierno, pues el verdadero gobierno no es más ni menos que la libertad organizada… El Estado es libre en cuanto absorbe y monopoliza las libertades de todos sus individuos, pero sus individuos no lo son, porque el gobierno les tiene todas sus libertades… La libertad no es una mera idea, una linda abstracción, más o menos adorable. Es el hecho más práctico y elemental de la vida humana. Es tan prosaico y necesario como el pan. La libertad es la primera necesidad del hombre, porque consiste en el uso y gobierno de las facultades físicas y morales que ha recibido de la naturaleza para satisfacer las necesidades de su vida civilizada, que es la vida natural del hombre, por excelencia».
Le preocupaba sobremanera el crecimiento del Estado y que éste llegara a asfixiar al individuo. Decía: ¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le hiciera sombra. En efecto, ¿quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza? El gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza.”
“El Gobierno es una necesidad de civilización, porque es instituido para dar a cada gobernado la seguridad de su vida y de su propiedad. Esta seguridad se llama y es la libertad. El gobierno no ha sido creado para hacer ganancias, sino para hacer justicia; no ha sido creado para hacerse rico, sino para ser el guardián y centinela de los derechos del hombre, el primero de los cuales es el derecho al trabajo, o bien sea la libertad de industria.”
¿Tenía actitudes o razonamientos cuestionables? Por supuesto, como cualquier pensador que fija posición y más aún si se lo juzga por lo dicho en el siglo XIX con una vara del siglo XXI. Él bregaba por la inmigración europea, consideraba que poblar el inmenso territorio con labradores y colonos de aquellos lares serviría para enseñar nuevas técnicas a los gauchos y rotos (como se los llamaba a los nativos por aquel entonces). Y muy equivocado no estaba, sino miremos la patria gringa: Córdoba, Mendoza, Santa Fe, poblada por esas gentes que huían de las hambrunas y llegaron gracias a la ley Hogar de 1888.
Sostenía que las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos, esperan una cosa que es contraria a la naturaleza y agregaba que debía “darse al Ejecutivo todo el poder posible, pero dárselo por medio de una Constitución. Lo peor del despotismo no es su dureza, sino su inconsecuencia. Sólo la Constitución es inmutable.”
Hablaba sobre los enemigos imaginarios, aquellos que son creados por gobiernos dictatoriales, para sembrar el miedo y tener al pueblo bajo el dominio del terror. “El exceso de poder es un crimen y no hay asamblea que convierta en virtud un crimen.”
Una vez que fue sancionada la Constitución, Alberdi le pidió a Urquiza que lo nombrara diplomático y en esa calidad viajó a Europa. Él quería conocer personalmente a don José de San Martín, saber qué lo había aterrado en su regreso frustrado a la Argentina. Y fue más allá. Se trasladó a Londres para reunirse con Juan Manuel de Rosas, su viejo enemigo. Los historiadores sostienen que cuando finalizaba el encuentro, Alberdi le pidió disculpas por haberlo tratado tan duramente, afirmando que la política creaba adversarios pero si estos eran honestos, entre ellos debían construirse puentes y no murallas.
Pasaron ciento sesenta y siete años desde la sanción de la Constitución Nacional, y esas bases hoy crujen.
Alberdi soñó un pueblo educado y rico. Las primeras décadas del siglo XX nos regalaron varios premios Nobel, educadores y científicos de prestigio mundial, investigadores, literatos, músicos, artistas plásticos. Hoy son un recuerdo, salvo contadas excepciones. La deserción escolar ha alcanzado niveles alarmantes, un mínimo porcentaje de estudiantes universitarios concluyen sus estudios. Y en cuanto a país rico, 50% de la población es pobre, y ese porcentaje llega al 65% entre los niños. El sueño de Alberdi se convirtió en pesadilla.
El Estado, en palabras de ese brillante tucumano, debía concentrarse en tres materias indelegables: justicia, salud y seguridad. En 2020 todo pasa por el Estado. La mitad de la población recibe algún tipo de beneficio o plan social, las empresas estatales son engendros burocráticos, que sólo generan pérdidas. Y.P.F. fue expropiada para llevarla a su quiebra: su deuda supera los $ 80.000.000.000. Aerolíneas pierde millones de dólares al mes y posee un plantel que duplica la media internacional. Los gobiernos provinciales y municipales son sociedades de beneficencia donde la masa salarial es el doble de la que existía hace una década. Así, poco y nada les queda para obras públicas.
El anterior gobierno no fue una maravilla en materia económica, no obstante dejó el déficit en casi cero. Pero ahora, en sólo un semestre, el déficit creció al 8% y la base monetaria se triplicó. Alguien podría decir que esto es consecuencia de la pandemia: falso. Entre los años 1852 y 1871, los tiempos de Alberdi, Buenos Aires sufrió cuatro epidemias de fiebre amarilla que provocaron la muerte del 8% de la población. En esas décadas, el país no detuvo su crecimiento.
Parafraseando al Bambino V. (a quien sólo podemos citar por sus frases deportivas) podemos decir que la base está, la escribió Juan Bautista hace más de siglo y medio. Sería bueno que el gobierno, antes de destruir definitivamente la República, hago lo mismo que hizo Alberdi, que se reúna con sus opositores y construya puentes, no trincheras.
]]>