Por José Ignacio Sbrocco
EL FEDERAL NOTICIAS

Si uno pudiera obtener un denominador común de las encuestas -oficialistas y opositoras- es el hartazgo de la gente para con los dirigentes políticos. Hace tiempo que no se veía un gobierno tan alejado de los intereses de la población. El hartazgo es consecuencia de decisiones políticas que van a contramano de las preocupaciones de los ciudadanos. La inseguridad y la inflación figuran liderando todos los rankings de las cosas que más preocupan y la inacción del Estado queda cada vez más en evidencia.
¿Qué es la inflación? La teoría indica que es el aumento de precios cada un período corto de tiempo. Sin embargo, en los hechos significa que la plata no alcanza para llegar a fin de mes. Hoy, aún teniendo un empleo, se está debajo de la línea de la pobreza. El Indec midió que una familia tipo de un matrimonio con dos hijos necesitan más de $110.000 para dejar de ser pobres. Ante este escenario, los que quieren vivir por encima de esa barrera deben tener entre dos o tres trabajos.
Desde que asumió el Gobierno, Alberto Fernández trabaja una agenda de gestión que nada tienen que ver con las preocupaciones de la gente: la reforma judicial con su apéndice de modificación de la conformación de los miembros de la Corte, la impunidad de Cristina Kirchner, son sólo la muestra del botón.
Desde que los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola terminaron el alegato de la causa Vialidad con el pedido de condena a 12 años de prisión y a la inhabilitación perpetua para el ejercicio de cargos públicos contra la Vicepresidenta, la agenda gubernamental giró alrededor de ella.
Marchas, movilizaciones, peleas en la esquina de Uruguay y Juncal, en el coqueto barrio de Recoleta, concentraron la atención mediática y política. Incluso, generó tensión en el PRO por los cuestionamientos de la presidenta del partido, Patricia Bullrich, contra el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta por el manejo de la crisis en el barrio emblemático de la Ciudad de Buenos Aires.
Cristina Kirchner logró el cometido de desviar la conversación pública. Ya no se habla del alegato ni del pedido del fiscal, sino de la «persecución» contra su figura. Ahora, se sumó la gravedad del atentado que intentó matarla.
El presidente Alberto Fernández echó más nafta al fuego. En vez de pedir a la población serenidad, que se reflexione sobre la gravedad del asunto, acusó a la oposición, a los medios de comunicación y al Poder Judicial por lo ocurrido. Una locura. ¿El Gobierno no hizo nada para generar este clima social? Cuarentena más larga del mundo, miles de Pymes fundidas, cientos de miles de nuevos desempleados. Récord de consultas psicológicas por los traumas que causó el encierro. Todo eso mientras él hacía fiestas clandestinas en la Quinta de Olivos.
Las secuelas mentales de la pandemia y una dirigencia política ajena a los problemas reales de la gente fueron un combo explosivo, que casi termina en una tragedia. Gracias a Dios esas balas no salieron. Pero esto debe servir para que las autoridades tomen nota sobre lo que está pasando en el mundo real. Que el hartazgo no se convierta en locura.
