
Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Rubén Darío, poeta nicaragüense que logró, como ningún otro autor, la fundación de un nuevo Movimiento Literario llamado «Modernismo» en los albores del siglo XX, exhibió en ello algo que no había ocurrido nunca antes. Los Movimientos o periodos literarios suelen provenir de un conjunto de artistas, una escuela literaria o un grupo filosóficamente afín que practica una estética particular y coincide en el periodo en que produce. Pero que un poeta proponga una serie de conceptos y de imágenes, de recursos, de críticas sociológicas y políticas a su tiempo y en un estilo único es una excepción que sólo Darío pudo cumplir.

En una América que había visto desembarcar un capitalismo creciente al ritmo que se limitaban en otras latitudes los excesos de los capitalistas sobre los trabajadores se dio la innovación. Mientras los recursos naturales se desangraban por medio de tráfico de influencias y corrupción política también.
El poeta, que además era diplomático tenía tan probado aquello que su pesimismo resultaba creciente. La modernidad, como para otros creadores, había perdido su conexión con el misterio de la vida que otros tantos momentos históricos habían conservado. Su «modernismo» echaba mano precisamente de esa ausencia para recuperar en lo exótico temporal y espacial el enigma de la vida. Por ello, regresa a los periodos literarios anteriores y restablece esa inefabilidad que la ilustración, con su racionalismo pleno, había silenciado. O desacreditado detrás del concepto de ignorancia. La cultura se había ido transformando, en los últimos siglos, en un materialismo que preocupaba a muchos intelectuales. El cientificismo se había ocupado de desplazar toda forma de conocimiento no empírico y los temas más ricos de la literatura y el arte estaban en desuso, eran supersticiones o expresiones ilusas.
Darío ya en las últimas décadas del siglo XIX había comenzado su cruzada por contrarrestar ese vaciamiento cultural que él juzgaba como la forma más profunda del materialismo, porque todo había perdido su misterio, su alma. Al Realismo vigente en lo literario se le había olvidado aquello que no podía comprobarse, que se escapaba de la comprensión humana. Lo inefable.
La mirada mítica tan presente en la cultura latinoamericana, se había relegado a una manifestación de ignorancia. El alma, el amor, el misterio del destino personal, el sentido de la vida, se habían excluido de los temas artísticos. Darío lo vio, como tantos otros. Y su angustia fue llevándolo lejos en tiempo y espacio para recuperar lo perdido. Por eso el modernismo es un viaje a cada periodo estético anterior, que tuviera «alma».
Escribió como los mitos griegos, como Homero, como Virgilio, como Dante… Conservó con su labor la pluma de Víctor Hugo, difundió en lengua castellana lo mejor de la poesía parnasiana, y no se olvidó los seres feéricos del medioevo, ni el erotismo barroco y los místicos del Siglo de Oro español. En fin, logró una síntesis de todos los periodos sin perder de vista el enigma de la vida. La imagen del cisne, omnipresente en su poesía, retrató precisamente ese enigma, ese gran signo de interrogación que supone la existencia.
Su literatura venció finalmente y le recordó al siglo XX lo mejor de los clásicos, pero también la concepción de que la búsqueda de la belleza es, en realidad, un modo de sondear la verdad.
Pero el cientificismo contra el que la poesía de Rubén Darío reaccionó, lo persiguió con una sed de venganza digna de sus fantasías. En efecto, él no tuvo la misma suerte. El positivismo nihilista tan combatido durante su vida hizo una mueca siniestra desde el reino de la muerte.
Su médico personal, Luis Debayle, enrolado en el endiosamiento de la razón científica, estaba convencido de que el alma tenía sede en el cerebro. Y si una mente brillante como la de Darío era una oportunidad preciosa de investigación, había que conservar el cerebro para la ciencia.
A la autopsia del poeta acudió como representante de sus deudos el hermano de Rosario Murillo, su esposa. Cuando reclamó los restos mortales, irrumpió el conflicto. La familia consideraba que la decisión de Debayle de legar el cerebro a la ciencia era una actitud aberrante, ciega a la sacralidad de la muerte, que estaba tan claramente pautada en los clásicos literarios que supo rescatar su dueño. Sólo recordar el desafío de «Antígona» es suficiente…
Lo cierto es que la obstinación de ambas partes llevó al tironeo. El cerebro del genial poeta rodó por el piso. Mancillado, debió levantarlo un guardia de seguridad. Acababa de trazarse completa la sonrisa socarrona del cientificismo, del exceso materialista de la ciencia.
Pocas escenas de humillación post mortem tuvieron el impacto y el surrealismo del episodio, tan inverosímil como el continente americano, como la Reina Mab entre los obreros explotados, o como una bella Eulalia que sonríe con su mueca desde la mismísima muerte.
*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
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