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El kirchnerismo ha demostrado una enorme capacidad de ni siquiera sonrojarse en mostrar su doble vara. ¿Qué significa? Repudiar hechos o afirmaciones cuando provienen de la oposición, pero hacer silencio cuando el odio es agitado desde sus propias filas.
El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, repudió la agresión a los trabajadores de C5N durante el banderazo del 9 de Julio. «Dejar de sembrar odio para dejar de cosechar odiadores seriales», tuiteó con una analogía hacia el campo, que fue uno de los organizadores de la movilización de todo el país.
Sin embargo, ni Cafiero ni ningún otro miembro del gabinete de Alberto Fernández repudió al vocero presidencial, Juan Pablo Biondi, por insultar a un ex presidente de la Nación. Luego que Mauricio Macri posteara una foto con banderas argentinas y la palabra ¡Libres!, Biondi le respondió: «Libres de vos y de tu inutilidad que nos hubiera llevado a contar muertos de a miles dentro del país fundido que dejaste.» De hecho, Biondi sigue siendo funcionario. En cualquier país normal, o ya hubiese renunciado o ya lo hubieran despedido. Pero estamos en Argentina.

El sindicalismo es una de las patas en las que se asienta el poder de Alberto Fernández. Tampoco nadie del gobierno repudió cuando el ex preso Juan Pablo «Pata» Medina, ex titular de Uocra La Plata, pidió que colgaran de una plaza al ex presidente Macri. El sindicalista cumple prisión domiciliaria, acusado de lavado de dinero y extorsión, después de la asunción del gobierno de Alberto Fernández.

La violencia debería ser condenada por todos los espacios políticos. Venga de donde venga. El gobierno cada vez más lejos de predicar con el ejemplo. Quizá sean los nervios ante las recurrentes movilizaciones en todo el país, porque los argentinos decidieron ponerle límites a un gobierno que utilizó la pandemia para destruir la división de poderes, y por ende, la República.
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