En la Experiencia Endeavor Buenos Aires 2026, el fundador de N5 convirtió una charla sobre emprender en una reflexión sobre familia, confianza y gratitud.
La Experiencia Endeavor Buenos Aires 2026, realizada el jueves 11 de junio en el Centro de Convenciones de Buenos Aires, volvió a reunir a emprendedores, inversores, mentores y referentes del ecosistema local. La propuesta oficial del evento combinó charlas, masterclasses, mentorías y espacios de networking pensados para conectar ideas, capital y oportunidades de crecimiento. Endeavor, por su parte, se presenta como una red que acompaña a emprendedores de alto impacto con acceso a mercados, talento, capital y una comunidad global de apoyo.
Pero más allá de la agenda, de los nombres propios y de las conversaciones sobre inteligencia artificial, negocios y escalabilidad, hubo momentos en los que el evento encontró su verdadera potencia: cuando el emprendedurismo dejó de sonar como una fórmula y volvió a parecerse a una historia humana. Uno de esos momentos llegó con la conferencia de Julián Colombo, fundador y CEO de N5, una compañía argentina de inteligencia artificial aplicada a bancos y aseguradoras.
Colombo subió al escenario con humor, velocidad y una naturalidad poco frecuente. Se permitió reírse de sí mismo, de los rankings, de la vida corporativa y hasta del propio mandato de “dejar una enseñanza”. Pero debajo de esa superficie ligera había una historia más profunda: la de alguien que no llegó al emprendedurismo por romanticismo, sino por una decisión íntima, familiar y definitiva.
Durante años, Colombo tuvo una carrera corporativa sólida. Trabajó en bancos, vivió en distintos países y acumuló experiencia en la industria financiera. Él mismo contó que amó esa vida corporativa, incluso cuando buena parte del discurso emprendedor suele construirse en oposición a ella. Su historia no fue la del fundador que siempre quiso escapar de una empresa grande, sino la de alguien que aprendió allí, creció allí y, durante mucho tiempo, también fue feliz allí.
El quiebre llegó lejos de cualquier sala de reuniones. Colombo recordó una etapa en la que su familia vivía en Brasil y él trabajaba en Madrid. Todos los domingos viajaba a España y regresaba los jueves por la noche. Durante tres años, cruzó el Atlántico unas cincuenta veces por año y solo estaba en su casa los viernes, los sábados y la mañana del domingo. La escena decisiva ocurrió un viernes, cuando fue a buscar a su hijo a la escuela. El chico le contó, emocionado, que el papá de un compañero trabajaba en un banco en Brasil y por eso podía ir a buscarlo todos los días, no solo los viernes. En ese instante, dijo Colombo, hizo el “checkout” emocional del banco. La renuncia tardaría más de un año en concretarse, pero la decisión ya estaba tomada.
A partir de ahí, su conferencia cambió de tono. Ya no se trataba solamente de explicar cómo se pasa del mundo corporativo al emprendedor, sino de contar qué fuerzas empujan a una persona a empezar de nuevo. Colombo eligió una palabra discutida, pero precisa para su relato: milagros. Y el primero de esos milagros tuvo nombre propio: Max Harari.
Después de dejar el banco en Madrid, Colombo viajó a Estados Unidos, abrió la compañía, depositó apenas 100 dólares en una cuenta de Bank of America y, al primer día hábil siguiente, se fue a Panamá a reunirse con Harari. No se conocían. Hablaron durante ocho horas. Al final de esa conversación, Colombo salió con un cheque de 5 millones de dólares en licencias anticipadas por un producto que todavía no existía. La frase más poderosa de esa historia no está en la cifra, sino en la confianza: Harari sabía que el producto no existía, pero también supo que iba a existir.
Ese gesto convirtió a Credicorp Bank, de Panamá, en el primer cliente de N5. También convirtió a Max Harari en algo más que un comprador temprano: lo volvió el primer creyente. La propia historia institucional de N5 reconoce a Credicorp Bank como su primer cliente, un apoyo inicial que validó tempranamente la propuesta de valor de la compañía.
Lo emocionante de esa anécdota es que revela una verdad esencial del mundo emprendedor: muchas compañías empiezan antes de tener producto, estructura o certezas. Empiezan cuando alguien escucha una visión y decide creer. En ese primer sí hay dinero, claro, pero también hay riesgo, intuición y generosidad. Harari no compró solamente una solución tecnológica. Compró una promesa. O, mejor dicho, apostó a que esa promesa iba a tomar forma.
Colombo contó que durante aquella reunión le dijo a Harari que, en cinco años, N5 podía llegar a tener entre sus inversores y clientes a grandes bancos y compañías internacionales. Pero había algo que nunca podría modificarse después: quién había sido el primer cliente. Cada vez que contara la historia de la compañía, prometió, iba a recordar que Credicorp Bank los había apoyado cuando hacerlo todavía era difícil. En el escenario de Endeavor, volvió a cumplir esa promesa.
Por eso, la historia con Max Harari fue el corazón emocional de la charla. No por espectacularidad, sino por gratitud. Colombo no presentó el crecimiento de N5 como una épica individual ni como el resultado de una genialidad solitaria. Lo narró como una cadena de oportunidades, decisiones y personas que aparecieron en el momento justo. Habló de milagros no para quitarse mérito, sino para recordar que el éxito también obliga: si alguien creyó cuando no había pruebas suficientes, hay que honrar esa confianza.
Esa idea volvió sobre el final de su relato, cuando explicó por qué necesitaba pensar en esos hitos como milagros. Dijo que, si no los hubiera visto así, tal vez habría desistido muchas veces. Sentirse agradecido, explicó, lo obligaba a resistir un día más. La gratitud aparecía entonces no como una emoción decorativa, sino como una forma de disciplina.
En un evento atravesado por discursos sobre innovación, inteligencia artificial y futuro, la conferencia de Julián Colombo recordó algo más antiguo y más difícil de automatizar: la confianza. La confianza de una familia que acompaña una decisión difícil. La confianza de un cliente que apuesta antes de tiempo. La confianza de un emprendedor que decide seguir aunque todavía no tenga garantías.
Ahí estuvo el valor de Endeavor como experiencia. No solo en reunir founders, inversores y mentores, sino en crear un espacio donde esas historias puedan circular y volverse aprendizaje compartido. Porque emprender no es únicamente levantar capital, escalar, internacionalizarse o usar nuevas tecnologías. También es atravesar dudas, sostener promesas y reconocer a quienes estuvieron cuando todavía no había nada para mostrar.
La charla de Julián Colombo emocionó porque habló del origen. Y los orígenes, cuando se cuentan bien, siempre tienen algo de intemperie. Antes de los grandes clientes, antes de los inversores, antes de la expansión y antes de los reconocimientos, hubo una conversación de ocho horas en Panamá. Hubo un producto que todavía no existía. Hubo una persona que decidió creer. Y hubo un emprendedor que, años después, siguió recordando públicamente quién le dio el primer sí.
