Por Gisela Colombo
La libertad bajo una cúpula de oro
La Secesión vienesa nació de una ruptura y edificó para ella un templo. Bajo su esfera de laureles dorados, el Friso de Beethoven de Gustav Klimt recuerda que el arte comienza cuando alguien se atreve a incomodar a su tiempo.
No hace falta haber estado en Viena. Tampoco saber de pintura.
Basta imaginar una ciudad elegante, segura de sí misma, convencida de conocer las reglas del buen gusto. Una ciudad de palacios, valses, carruajes y salones donde cada cosa parecía ocupar el lugar que le correspondía. Y, en medio de ese orden, un grupo de artistas que decidió decir basta.
La Secesión de Viena no nació como un museo. Nació como una desobediencia.
En 1897, Gustav Klimt y otros artistas abandonaron el conservador Künstlerhaus. No se marcharon porque les faltara talento ni porque no encontraran un lugar en el mundo artístico. Se fueron porque ese lugar ya les resultaba demasiado estrecho. Querían pintar de otra manera, exhibir de otra manera, pensar el arte fuera de los límites que otros habían trazado.
No fundaron una escuela. Fundaron una fuga.
Joseph Maria Olbrich, que apenas tenía treinta años, proyectó para ellos un edificio propio. El resultado todavía sorprende: un cuerpo blanco, geométrico, casi desnudo, coronado por una esfera compuesta por miles de hojas de laurel doradas.
Hoy esa cúpula es una de las imágenes más reconocibles de Viena. En su momento, muchos la ridiculizaron. La llamaron “cabeza de repollo”.
El desprecio, a veces, es la manera más torpe que tiene una época de anunciar que algo nuevo acaba de ocurrir.
Sobre la fachada se lee una frase que todavía conserva la fuerza de una provocación: “A cada época, su arte. Al arte, su libertad”.
No hace falta conocer la historia de la pintura para entenderla. Todos hemos sentido alguna vez que una forma heredada ya no alcanza. Que una costumbre, una palabra o una manera de mirar se ha vuelto pequeña. Los artistas de la Secesión sintieron eso frente al arte de su tiempo y tuvieron el coraje de construir un edificio alrededor de esa incomodidad.
Pero la obra más famosa no se encuentra bajo la cúpula, sino en el subsuelo.
Allí está el Friso de Beethoven, que Gustav Klimt creó en 1902. El nombre puede resultar solemne. La experiencia, en cambio, es inmediata.
Klimt tomó la Novena Sinfonía de Beethoven y la convirtió en imágenes. No intentó pintarla de manera literal. Quiso representar aquello que la música despierta: el miedo, el deseo, la fragilidad, la violencia, la búsqueda de felicidad.
En sus muros aparece una humanidad que pide ser salvada. También aparecen monstruos, enfermedades, tentaciones y figuras femeninas que parecen surgir de un sueño inquietante. Finalmente, las artes conducen hacia una escena de plenitud, como si después de atravesar todo lo oscuro todavía fuera posible alcanzar un abrazo.
La obra cuenta una historia que cualquiera puede reconocer.
Queremos ser felices. Algo se interpone. El mundo amenaza, seduce, hiere. Seguimos adelante. Buscamos una música, una imagen, una mano que nos recuerde que no todo está perdido.
Por eso el friso no pertenece solamente a los especialistas. Habla de una experiencia más antigua que cualquier museo: la lucha humana por atravesar el dolor sin renunciar a la belleza.
Hay algo conmovedor, además, en saber que fue pensado para desaparecer.
El Friso de Beethoven debía desmontarse al terminar la exposición. Sobrevivió casi por azar. Fue separado de los muros, dividido, almacenado durante años y restaurado mucho tiempo después. Desde 1986 se exhibe de manera permanente en el edificio para el cual había sido creado.
Pudo haberse perdido.
Quizá por eso mirarlo produce una emoción particular. No estamos solamente frente a una obra de arte, sino frente a algo que estuvo a punto de no llegar hasta nosotros. La cultura está hecha también de esas supervivencias improbables: papeles que no ardieron, cuadros que alguien ocultó, canciones que otra persona recordó a tiempo.
La Secesión, sin embargo, no vive únicamente de su pasado. Continúa siendo una institución dirigida por artistas y dedicada al arte contemporáneo. Klimt permanece en el subsuelo, pero en las salas superiores el presente sigue formulando sus propias preguntas.
Eso evita que el edificio se convierta en una tumba elegante.
La Secesión no obliga al visitante a admirar. Lo invita a tomar posición. ¿Qué nos escandaliza hoy? ¿Qué formas nuevas estamos llamando ridículas sólo porque todavía no sabemos mirarlas? ¿Cuánto de aquello que consideramos bello fue, alguna vez, una afrenta?
No hace falta conocer Viena para entrar en ese conflicto.
Todos vivimos, de algún modo, bajo las reglas de una época. Todos sabemos lo que significa apartarse, desafiar una expectativa, elegir una voz propia cuando sería más sencillo repetir la ajena.
La cúpula dorada de la Secesión no celebra un triunfo definitivo. Recuerda una batalla que nunca termina.
Porque a cada época le corresponde su arte.
Pero la libertad, incluso cuando brilla como el oro, siempre empieza con alguien que se atreve a romper una puerta.
