La desaprobación de la gestión presidencial va de la mano con el aumento de los precios.

BUENOS AIRES.- La crecimiento de la imagen negativa de Alberto Fernández es directamente proporcional al nivel de inflación que registra la Argentina. Traducido: mientras más se derrumba el poder adquisitivo, la aprobación del gobierno también.
La inflación se ha convertido en un karma para la administración actual, cuyo principal accionista imaginaba un tiempo post pandemia mucho más benigno, como así también que la firma del acuerdo con el Fondo le garantizaba un período de tranquilidad en el que la recuperación y el crecimiento cimentarían su reivindicación. Por eso es que cuando Alberto Fernández se permitió -alentado por un auditorio afín- confirmar su deseo de reelección, fue muy sincero.
En la reciente gira por Europa, Alberto Fernández insistió con la idea de la reelección, desafió al cristinismo a competir en una PASO para determinar el candidato presidencial del oficialismo, pero ya ni el mismo Alberto Fernández está convencido que podrá aspirar a un nuevo mandato. Sólo lo hace por un espíritu de supervivencia. Bastante mal le va en la consideración pública como para agregarle la sensación del “pato rengo”.
Sabe el presidente que cuando habla de reelección fastidia al cristi/kirchnerismo, pero también al público que lo que menos quiere es escuchar a quienes rigen los destinos del país estén pensando en las elecciones, cuando la situación va de mal en peor. Así es que los niveles de popularidad de Alberto Fernández no paran de caer. El consultor Ricardo Rouvier -al que podría situarse cercano al gobierno- le registra al presidente un 60,4% de rechazo, con un diferencial negativo de 24 puntos. Al medir la confianza los números no le dan mejor: un 75% tiene expectativas económicas negativas y un 76% piensa que la inflación no va a disminuir.
Taquión tiene números aun menos auspiciosos, con un 65,2% de imagen negativa del mandatario, cuya positiva llega apenas al 20,3%. El análisis etario espanta y, previsiblemente, es más crítico a medida que la edad del encuestado crece. Esto es, en los baby boomers (56 años o más) Alberto Fernández tiene una negativa del 70,4%. Pero en la generación Z (18 a 25 años) la imagen negativa es de 58,2% y la positiva apenas 19,7%.
Encuesta Taquion

Para preocupación del cristi/kirchnerismo, la malaria no afecta solo al presidente. Según Taquión, la imagen negativa de Cristina Kirchner supera a la de su ahora malhadado delfín, con 69,3%. En la generación Z, apenas un 22,2% tiene buena imagen de ella.
Además del problema de la inflación, el Gobierno tiene las manos atadas por el internismo entre los leales a Alberto Fernández y los que responden a Cristina Kirchner. La gestión quedó en un segundo plano y el presidente no recupera la iniciativa para que se hable de otra cosa.
A cargo del Ejecutivo por la ausencia del presidente, Cristina Kirchner se llamó a silencio. Ya había dicho bastante en el Chaco en vísperas de su partida, y para mantener el fuego granado está su hijo, que el viernes en Lanús se despachó sin filtro. Liberado del encumbrado cargo institucional que abandonó el 31 de enero pasado, Máximo Kirchner ya no encuentra límites para su hostilidad.
En Lanús, Máximo Kirchner fue muy duro con el presidente y su ministro de Economía.
La actitud de los Kirchner remite a los tiempos en que Néstor vivía y gobernaba Santa Cruz y su esposa era una senadora rebelde en el seno del bloque oficialista. Con Carlos Menem primero y después Eduardo Duhalde, ella supo ejercer el rol de opositora desde el oficialismo. Sobre todo con quien luego terminaría auspiciando la llegada de su esposo al poder, pero al que antes hostigó desde la Cámara alta, al punto de haber llegado a fletar el avión sanitario de su provincia para sentar en su banca a un senador correntino con el fin de evitar que el Senado derogara una ley a pedido del FMI, poniendo en riesgo la estabilidad de ese gobierno (dicen que Duhalde ya tenía la renuncia redactada por si esa ley no era derogada).
Lo cierto es que Cristina ni siquiera tuiteó estos días en que estuvo reemplazando a Fernández. Perfil bajo como siempre en estos casos, se fue al Sur, y la sesión del Senado para avanzar con el proyecto de Oscar Parrilli para pagarle al Fondo con “la plata fugada” fue presidida por la santiagueña Claudia Ledesma Abdala de Zamora. Un proyecto testimonial que no tiene chances de pasar en Diputados, pero cuyo tratamiento sirvió para discursear sobre la deuda contraída por Mauricio Macri. Es parte de la agenda propia cristinista que avanza en el Congreso con medidas de gobierno, a las que habrá que sumar el proyecto de Máximo para adelantar el aumento del salario mínimo; la prórroga de las moratorias previsionales de los senadores; o el salario básico universal.
