El presidente Javier Milei anunció la eliminación definitiva del cepo cambiario, asegurando que la Argentina ha alcanzado, por primera vez en 120 años, orden fiscal, monetario y cambiario simultáneamente. Presentó esto como el cierre de una etapa de saneamiento macroeconómico que implicó sacrificios, pero que sienta las bases para un crecimiento económico sostenido. Pero, además de la devaluación encubierta ¿qué quiere realmente decir Milei?
Jorge Brizuela Cáceres
El Federal Noticias

Síntesis
En un discurso con un tono optimista, por momentos épico, con referencias religiosas y al mérito individual, Milei subrayó la ruptura con el pasado y llamó a una transformación histórica del país. Podemos organizar y sintetizar sus anuncios en siete partes:
- Fin del cepo cambiario.
- Logros macroeconómicos.
- Apoyo internacional.
- Impacto económico y proyecciones.
- Reformas estructurales
- Cambio de paradigma.
- Mensaje a los argentinos:



Análisis económico
En términos económicos se desprenden las siguientes conclusiones:
- La eliminación del cepo cambiario implica el fin del control de cambios que limitaba la compra y transferencia de divisas, con el objetivo de normalizar el mercado de cambios, facilitar inversiones, permitir libre disponibilidad de dólares. Esto conlleva el riesgo de elevar la presión sobre el tipo de cambio y la inflación si no está acompañado de confianza y reservas suficientes.
- El acuerdo con organismos multilaterales por un monto de 32.000 millones de dólares entre el FMI, el Banco Mundial, el BID y el BCRA, con un desembolso inmediato de 19.600 millones de dólares, para reforzar las reservas internacionales y cancelar los pasivos con el Banco Central. Esto le da solidez al BCRA y mejora el respaldo de la base monetaria, reduciendo el riesgo de inflación futura.
- La consolidación del superávit fiscal que sostiene la política de déficit cero, incluso con un objetivo más exigente: la nueva meta de un superávit primario del 1,6% del PBI, mediante el recorte del gasto público, sin aumentar impuestos ni emitir moneda. El superávit es central para mantener la confianza en los mercados y evitar nueva inflación.
- Una política monetaria contractiva («menos plata», en criollo), es decir la eliminación de la emisión monetaria sin respaldo, lo que implica la reducción del stock de pasivos remunerados del BCRA (Leliqs, pases). Esto da prioridad a la necesidad de restaurar el patrimonio neto del Banco Central, lo que busca contener la inflación estructural al cortar su causa principal: la emisión.
- El impacto sobre precios e inflación sería positivo, ya que Milei afirma que la inflación colapsará a mediano plazo, porque no habrá más emisión para financiar al Tesoro, y se redujo la absorción doméstica vía baja del gasto público. Sin embargo advierte que la “ley Guzmán” y la incertidumbre política interrumpieron el proceso de desinflación brevemente.
- Las repercusiones esperadas, a corto plazo son el crecimiento económico por recomposición de los stocks empresariales, la mejora del crédito privado (vuelve el crédito hipotecario), y la baja paulatina de las tasas de interés. A mediano y largo plazo se prevé que va a haber un aumento de la inversión privada nacional y extranjera, una mayor competitividad vía baja de impuestos, el crecimiento sostenido del PBI (se proyecta un “piso” de 4,5% anual), y la disminución del riesgo país.
- Hay una clara prioridad para el sector privado, anunciando una estrategia directa: el Estado se retira, el mercado lidera. Esto implica menos impuestos, menos regulación y una mayor previsibilidad. El mensaje a los inversores es que ahora se puede ingresar y retirar capital libremente.
Podemos resumir, desde una perspectiva estrictamente económica, en el cierre de una etapa de emergencia macroeconómica y el inicio de una nueva etapa de estabilización y apertura. Esto implica: 1) Un régimen de disciplina fiscal y monetaria estricta; 2) Una normalización del sistema cambiario; 3) Una estrategia clara de atracción de inversiones y crecimiento vía el sector privado; 4) La apuesta por un modelo de crecimiento liberal clásico, donde el Estado se retira progresivamente de su rol expansivo y regulador. Todo condicionado al éxito en sostener la confianza interna y externa, y a que no surjan nuevos shocks externos o internos que desestabilicen el proceso. Y todo esto además de la devaluación que significa establecer una banda de flotación entre 1.000 y 1.400 pesos para el precio del dólar.



¿Qué quiso decir realmente Milei?
De acuerdo el pensamiento semiológico del francés Roland Barthes, Milei construye desde lo connotativo una narrativa de redención, lucha y liberación, que remite a estructuras míticas:
- Mitología del héroe: El presidente se presenta como el conductor que «rompe cadenas» (metáfora de liberación) y enfrenta “el pasado oscuro” de decadencia, corrupción y populismo.
- Libertad vs. Servidumbre: El discurso se estructura dicotómicamente: libertad (futuro, orden, crecimiento) frente a servidumbre (pasado, caos, cepo).
- Sufrimiento redentor: Se valida el dolor social como necesario para una transformación definitiva, bajo el signo de un sacrificio colectivo.
Aquí el texto ya no es solo informativo, sino que produce sentido político e ideológico. Construye un mito de refundación nacional. Y lo primero que oculta es una devaluación del peso de hasta el 40%.
Siguiendo las teorías del argentino Eliseo Verón, todo discurso político es una construcción de sentido orientada por la relación entre enunciador, enunciado y destinatario, que produce efectos en lo social. En este caso:
El Enunciador: Milei no se presenta solo como jefe de Estado, sino como líder mesiánico y restaurador del orden. Su ethos combina racionalidad técnica (habla de reservas, base monetaria, superávit) con pasión mesiánica (“con la ayuda de Dios”, “las fuerzas del cielo nos acompañan”).
El Enunciado: El mensaje configura una nueva identidad nacional: la Argentina que deja atrás el fracaso y se alinea al mundo “libre”. El texto no solo informa, sino que performa: construye la idea de un “nuevo comienzo”, una ruptura histórica.
El Destinatario: El discurso interpela al “argentino de bien”, productivo, meritocrático, privado. Se excluye tácitamente a quienes no acompañan o resisten el cambio (políticos tradicionales, sectores estatales, sindicalismo), quienes son aludidos como “enemigos del progreso”.
A nivel de oratoria usa recursos retóricos y simbólicos como la Cadena Nacional, donde el formato implica obligatoriedad y centralidad. No es un mensaje más: es una escena institucional cargada de sentido simbólico. También utiliza diversas figuras retóricas como metáforas (“romper las cadenas”, “balsa de madera vs. acorazado”, “convertiremos energía potencial en cinética”); hipérboles (“creceremos como nunca antes”, “el país que más crecerá en 30 años”, “tasas argentinas”); y anáforas (repeticiones enfáticas como “Nunca… nunca…”, “Hoy… hoy…”). Estos recursos intensifican la emocionalidad y la dimensión simbólica del discurso.
Desde el punto de vista ideológico el texto dialoga con el neoliberalismo clásico (libertad de mercado, reducción del Estado, elogio del individuo emprendedor), el cristianismo evangélico (uso de frases bíblicas como “los últimos serán los primeros” y “las fuerzas del cielo”, y una construcción mesiánica), y con el populismo de derecha (construcción de un “pueblo productivo” contra una “casta parasitaria”). Una casta que hoy sigue formando parte de su propio gobierno.
El discurso no es meramente declarativo, sino performativo, en el sentido de que construye una nueva realidad discursiva y política. Para ello marca un punto de inflexión (“por primera vez en la historia”, “esto sí es distinto”), intenta producir consenso social mediante una gramática de esperanza y éxito futuro y al mismo tiempo, deslegitima las voces disidentes al asociarlas con el pasado fallido.
Este discurso es una operación compleja de producción de sentido político, que articula elementos técnicos-económicos con signos míticos, religiosos, emocionales y simbólicos. No solo comunica una medida económica, sino que intenta instituir un nuevo orden simbólico nacional, proponiendo una narrativa de ruptura, sacrificio redentor y refundación liberal.
