La historia reciente nos recuerda una verdad incómoda: cuando la política se envenena con discursos de odio y extremismo, las sociedades terminan recogiendo tempestades. Los sucesos de los últimos meses —desde Londres hasta Utah, pasando por el corazón de África— muestran que la violencia política no es un fenómeno aislado, sino parte de una dinámica global que se repite con nombres, siglas y banderas diferentes. ¿Qué pasa en Latinoamérica y especialmente en nuestro país?
Jorge Brizuela Cáceres
El Federal Noticias

Un mitin que encendió alarmas en Londres
El 13 de septiembre, la capital del Reino Unido fue escenario de la multitudinaria marcha “Unite the Kingdom”, convocada por el activista de extrema derecha Tommy Robinson (Stephen Yaxley-Lennon). Según estimaciones de la agencia Reuters, participaron más de 110.000 personas, una cifra que superó todas las previsiones.
El mitin derivó en enfrentamientos con la policía: al menos 26 agentes resultaron heridos y se produjeron 24 detenciones por desórdenes y ataques. El discurso de Robinson se centró en consignas antiinmigración y de defensa “cultural” del Reino Unido, replicando patrones de movilización vistos antes en movimientos como el Brexit Party o el EDL. La cobertura de la agencia Al Jazeera señaló que el acto contó con respaldo explícito de figuras públicas como Elon Musk, lo que amplificó su impacto mediático.
Más allá de la violencia inmediata, el episodio confirma un fenómeno: el extremismo encuentra plataformas masivas en tiempos de crisis política, reforzado por redes sociales y un clima de desconfianza hacia las instituciones.

El asesinato de Charlie Kirk en Estados Unidos
La violencia cruzó el Atlántico pocos días después. El activista conservador Charlie Kirk, fundador de la campaña Turning Point USA (Punto de inflexión), fue asesinado durante un acto en la universidad Utah Valley. Un joven de 22 años, identificado como Tyler Robinson, fue detenido como principal sospechoso, según confirmó la agencia Associated Press.
El impacto político fue inmediato: líderes republicanos y demócratas coincidieron en condenar el crimen, pero las redes sociales se llenaron de acusaciones cruzadas y teorías conspirativas. En un país polarizado, el atentado contra una figura mediática conservadora refuerza la idea de que la violencia ya no distingue entre izquierda y derecha: cualquiera puede convertirse en blanco.



África: el laboratorio del terror
En paralelo, África volvió a ser escenario de atrocidades que rara vez ocupan las portadas internacionales. En septiembre, un ataque atribuido a la milicia yihadista Allied Democratic Forces (ADF) en un velatorio en North Kivu, República Democrática del Congo, dejó más de 60 muertos, según Reuters.
En Mozambique, entre el 20 y el 28 de julio, más de 46.000 personas fueron desplazadas por una ola de violencia en Cabo Delgado, de acuerdo con la Oficina de Coordinación Humanitaria de la ONU (OCHA).
Mientras tanto, en el Sahel, el grupo Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM) intensificó ataques en Mali, generando una espiral que combina insurgencia, crimen organizado y vacío estatal, documentada por Crisis Group. En Níger, una emboscada en Tillabéri mató a 14 soldados en septiembre, informó la AP.
Estos episodios confirman que el continente africano sigue siendo un laboratorio de violencias extremas, donde se combinan ideologías religiosas, rivalidades étnicas y disputas geopolíticas por recursos.

Medio Oriente: la espiral interminable
En Cisjordania, la violencia de colonos israelíes contra comunidades palestinas aumentó significativamente en 2025. La OCHA (como Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, por sus siglas en inglés) registró cientos de incidentes de agresiones, incendios y daños a propiedades, en un contexto marcado por la guerra en Gaza. Esta dinámica ha generado nuevas olas de desplazamiento interno y alimenta un ciclo de represalias sin salida visible.
Antecedentes: del siglo XX a hoy
No se trata de episodios inéditos. La historia reciente está plagada de ejemplos donde el extremismo ideológico, racial o religioso desembocó en masacres y actos terroristas:
- Partición de India (1947): hasta un millón de muertos por la violencia sectaria, según la enciclopedia Britannica.
- Ruanda (1994): alrededor de 800.000 asesinatos de tutsis y hutus moderados, de acuerdo con la ONU.
- Srebrenica (1995): más de 8.000 bosnios musulmanes asesinados, reconocido como genocidio por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia.
- 11 de septiembre de 2001: los atentados en EE. UU., documentados en el Informe Final de la Comisión Nacional sobre Ataques Terroristas contra los Estados Unidos, redefinieron la seguridad global.
- ISIS y el califato (2014–2017): la expansión del autodenominado Estado Islámico en Irak y Siria, analizada por el Centro Internacional para Académicos Woodrow Wilson.
- Christchurch (2019): el ataque supremacista blanco en Nueva Zelanda dejó 51 muertos, como reseñó la cadena BBC.
La conclusión es clara: cuando el odio se institucionaliza o se viraliza, los desenlaces son siempre trágicos.
América Latina: violencia con raíces propias
Latinoamérica no queda al margen. Según la organización no gubernamental internacional Global Witness, la región sigue siendo la más peligrosa del mundo para defensores ambientales y sociales. En Colombia y México, líderes comunitarios son asesinados cada semana. En Brasil, la Amazonía es escenario de hostigamientos permanentes contra indígenas y ambientalistas.
En México, las elecciones de 2024 estuvieron atravesadas por asesinatos y amenazas a candidatos locales, como reportó la organización Human Rights Watch. La violencia criminal se entrelaza con la política, mostrando que los grupos armados no necesitan banderas ideológicas para imponer su ley.
En Argentina, aunque el extremismo político no ha derivado en violencia armada masiva, sí existen señales preocupantes: polarización extrema en el debate público, hostigamiento a periodistas y estigmatización de sectores sociales. Organismos como Reporteros Sin Fronteras han advertido sobre los riesgos que implica este clima en un país con tradición democrática pero con un pasado marcado por dictaduras.
Consecuencias y riesgos
El denominador común es el mismo: la radicalización alimentada por discursos de odio y la incapacidad de los Estados para garantizar seguridad y cohesión social. Las consecuencias son múltiples: debilitamiento institucional, migraciones forzadas, economías destruidas y generaciones marcadas por la violencia.
En el caso argentino, la lección histórica es clara: los excesos ideológicos —ya sean de izquierda o de derecha— terminaron en persecuciones, censura, desapariciones y terrorismo de Estado. Ignorar esas señales hoy sería repetir los errores del pasado.

Discurso de odio y polarización en Argentina: dos caras de una misma moneda
En Argentina, aunque no tenemos —hasta ahora— masacres de escala comparable a las mencionadas, existen indicios y prácticas discursivas que, combinadas con polarización y fragmentación mediática, podrían constituir un caldo de cultivo similar. Para entenderlo, conviene analizar dos expresiones políticas contrastantes: por un lado el kirchnerismo-peronista (y sus variantes populistas) y por otro los libertarios liderados por Javier Milei, con sus discursos disruptivos.
Kirchnerismo-peronista: inclusión, resentimiento y discursos polarizantes
El kirchnerismo, en sus sucesivas fases, ha trabajado históricamente con narrativas de clase, de división entre “el pueblo” y “las elites”, de victimización estructural. Esa narrativa ha sido una herramienta potente para movilizar, pero también para generar polarización. Cuando un sector político repite consignas tales como que “los mediáticos promueven un golpe blando”, que “la Justicia está politizada”, o que “las minorías ideológicas” conspiran contra el modelo popular, se siembran líneas divisorias que pueden legitimar —en quienes escuchan— actos de hostigamiento o agresión.
Por ejemplo, se han registrado agresiones verbales y físicas contra periodistas identificados con oposición, amenazas en redes sociales contra dirigentes disidentes, y estigmatización de críticos como “vendidos” o “traidores”. Aunque el kirchnerismo enfatiza derechos humanos como bandera, las tensiones discursivas a veces relativizan el valor de lo institucional, al pretender que ciertas instituciones están siempre “ contaminadas ” cuando favorecen al opositor.
Libertarios de Milei: provocación, rechazo y histrionismo
Por otro lado, los libertarios con Milei han impulsado un estilo radical, provocador, que rechaza de plano muchas normas del juego político tradicional. En discursos públicos y en redes sociales, hay pasajes que estigmatizan lo estatal, lo colectivo, lo público, y elevan al individuo, al “libre mercado” o al “libre pensamiento” como contrapuntos morales absolutos. Se utilizan etiquetas fuertes (“mafiosos”, “kirchneristas analfabetos”, “casta”) para definir enemigos internos, muchas veces mezcladas con discursos de rechazo hacia “la corrección política” o las “minorías culturales”.
Aunque la mayoría de los seguidores no cometen violencia física, estos discursos funcionan como permisores simbólicos: cuando alguien describes a otro como un “enemigo moral absoluto”, disminuyes los límites éticos de lo que puede hacerse o decirle. Las redes amplifican insultos, amenazas, memes violentos, conspiraciones, y esas piezas pequeñas se acumulan, normalizan la agresión verbal, acentúan la polarización.
¿Dónde convergen los peligros?
- Ambos estilos, aunque con diferencias, comparten una lógica de amplitud del enemigo: no solo oposición política, también medios, Justicia, empresarios, académicos, minorías —todo a menudo etiquetado como conspirador.
- En contextos de crisis económica, inflación, precariedad social, ese enemigo se vuelve palpable: redes sociales muestran agresiones a vecinos, ataques contra comercios, desplantes verbales en manifestaciones.
- Cuando actores institucionales (fiscales, jueces, intendentes) responden tarde o no sancionan, aparece una sensación de impunidad que alienta comportamientos más agresivos.
Comparación: ¿Qué distingue Argentina de otros territorios?
A diferencia de los países donde la violencia extrema ya escaló a atentados, masacres sistemáticas y guerras civiles, Argentina todavía posee barreras institucionales fuertes:
- Un sistema judicial relativamente independiente, con precedentes en juzgar crímenes de lesa humanidad, incluso gobiernos.
- Medios de comunicación con pluralidad, aunque polarizados.
- Sociedad civil activa (ONGs, organismos de derechos humanos, académicos) que monitorea, denuncia, publica y participa del debate público.
Pero esas barreras corren riesgos: en tiempos de crisis económica profunda y descontento social, discursos populistas que apelan al resentimiento encuentran eco; el uso de fake news, las redes sociales sin filtro ético, y la disminución de confianza en las instituciones erosionan los frenos sociales al odio.
Consecuencias posibles si no se actúa
Las tempestades que Argentina podría recoger, si los discursos se descontrolan aun más, tienen consecuencias concretas:
- Hostigamiento político-social: agresiones físicas o verbales frecuentes contra dirigentes de oposición, periodistas, académicos o minorías.
- Violencia localizada: disturbios en manifestaciones, ataques a locales o comercios (especialmente si se asocian con corrientes políticas o con “enemigos” definidos).
- Erosión institucional: desprestigio de la Justicia, debilitamiento de los órganos de control, politización de la seguridad pública.
- Reacción represiva: leyes de seguridad severas, puesta en acción de fuerzas federales para “restaurar orden”, restricciones de protestas, uso excesivo de la Policía —lo que puede generar más violencia.
- Heridas identitarias profundas: fractura social, radicalización de grupos, silenciación de voces disidentes, memoria histórica tensada.
Relación con el contexto mundial de extremismos
La violencia política extrema global sirve como espejo distorsionado de lo que puede pasar si los discursos de odio locales se radicalizan:
- Las movilizaciones de extrema derecha en Europa o los asesinatos de activistas conservadores en EE.UU. demuestran que una vez que el odio se normaliza, es muy difícil contenerlo.
- Las masacres en África, los atentados yihadistas, muestran que el extremismo puede crecer si el Estado cede espacios de poder, si hay crisis humanitaria o vacíos de autoridad.
- En Argentina, aunque los actores no son iguales, ciertos patrones se reproducen: polarización, discursos que dividen “nosotros contra ellos”, estigmatización, acusaciones de conspiración.
Caminos para evitar la tormenta
Para que Argentina no termine recogiendo tempestades, algunas líneas de acción son urgentes:
- Regulación ética y legal de discursos públicos: sancionar el discurso de odio cuando supere el umbral legal, sin vulnerar libertad de expresión, pero sin tolerar incitación al odio.
- Responsabilidad mediática: medios y periodistas deben evitar la normalización de insultos, la propaganda de conspiraciones y la desinformación; responsabilidad en redes.
- Educar en ciudadanía y pensamiento crítico: incluir en las escuelas y universidades formación sobre pluralidad, tolerancia, diálogo, desinformación y pensamiento crítico.
- Fortalecer instituciones de justicia y control: una justicia que actúe con independencia, eficacia y transparencia; organismos de protección de derechos humanos con recursos para monitorear agresiones verbales o físicas.
- Espacios de conversación y reparación simbólica: promover foros comunitarios, verdad histórica, reconocimiento de víctimas de odio político, reparación simbólica de agravios pasados.
Sembrando vientos
Los hechos recientes en Londres, Utah, Congo, Mozambique, Mali, Níger y Cisjordania confirman una tendencia mundial: los extremismos no desaparecen, se transforman y encuentran nuevas grietas por donde infiltrarse.
Frente a ello, la respuesta no puede ser ni la indiferencia ni la represión indiscriminada. La verdadera salida pasa por reconstruir el tejido social, fortalecer las instituciones democráticas y desactivar los discursos de odio antes de que prendan fuego la pradera.
El populismo kirchnerista y el libertarismo de Milei representan dos estilos distintos, pero comparten responsabilidades. Cuando se construye un enemigo omnipresente, cuando se ridiculiza democráticamente al otro como enemigo moral, cuando se apela a resentimientos estructurales sin mediación institucional, se están sembrando tempestades. Recordaré, para terminar, algo que dijo otra vez Hannah Arendt: el odio, cuando deja de ser palabra, deviene acción. Y la acción puede quemar más fuerte que cualquier idea.
“Recogerás tempestades” no es una metáfora: es un aviso.-
