Por Sergio Capozzi
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

El 4 de junio de 1943, aprovechando la apatía del pueblo hacia un gobierno corrupto, conservador y fraudulento, los militares, encabezados por los generales Arturo Rawson, Pedro Ramírez y Edelmiro J. Farrell (que fueron reemplazándose uno a otro) asumieron el poder. Esto fue absolutamente transitorio, los cerebros e inspiradores de este golpe de Estado no eran generales sino dos coroneles: Juan Domingo Perón y Domingo Mercante. El primero, además de la simpatía de los seguidores yrigoyenistas, se vinculó rápidamente con distintos sindicatos.
Esta plataforma le permitió a Perón en solo dos años, dejar atrás a eventuales competidores en la búsqueda del poder traducido en el gobierno. Así, el 17 de octubre de 1945 se produjo una asonada popular que demandaba la libertad de Perón quien había sido detenido y trasladado a la isla Martín García bajo el cargo de sedición. Tres meses más tarde el nuevo líder popular se convertía en presidente de la República con el apoyo de más de 50% del electorado.
Junto a Perón, desde las mismas raíces de este movimiento, se encontraba el coronel Domingo Alfredo Mercante, a quien se le atribuía misma altura y respaldo político. Tal era así que se le confió la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Su consagración definitiva llegó cuando Eva Duarte dijo que Mercante era «el corazón de Perón». Pero de repente, algo ocurrió. Dentro del propio gobierno peronista Mercante pasó a ser mala palabra. Se desató una durísima campaña contra él. Sus colaboradores fueron perseguidos, denunciados y encarcelados.
El pacto celebrado por ambos, que consistía entre otras cosas en que Perón fuera presidente durante el primer período y Mercante en el segundo, se quebró definitivamente cuando Perón convocó a los juristas Sampay y Luder para encomendarles la redacción de una nueva Constitución que, fundamentalmente, contemplaba la posibilidad de reelección del Presidente. Mercante, para que no quedara ninguna posibilidad, fue acusado de corrupción y encarcelado junto a varios de sus colaboradores. El peronismo iniciaba una práctica que luego se convertiría en costumbre: fagocitarse a los propios.
Como si fueran la perfecta reproducción de la mitología griega, los dioses peronistas fueron concebidos desde el caos. Gea concibió a Urano y Ponto y a su hijo/nieto Crono quien, sujetando los genitales de su padre con la mano izquierda los cortó y tiró al mar. El pobre Urano, ahora castrado, tuvo que retirarse: el nuevo amo del universo pasó a ser su ingrato hijo Crono. Mercante se perdió en el mar de la oscuridad.
Augusto Timoteo Vandor fue un líder sindical (Unión Obrera Metalúrgica) que comenzó a tomar notoriedad en 1954. Fue encarcelado al año siguiente, volviendo a la actividad gremial durante el gobierno de Arturo Frondizi. En el año 1969 fue asesinado en un operativo denominado Judas y que se atribuyó el grupo»Descamisados» de Dardo Cabo, luego absorbido por Montoneros. Un año más tarde, otro dirigente sindical, José Alonso, también fue asesinado por los jóvenes idealistas del llamado comando Emilio Maza (nombre de un líder montonero).
Sin lugar a dudas estos crímenes no fueron los que más conmovieron a la sociedad. El 25 de setiembre de 1973, José Ignacio Rucci, el mandamás de la C.G.T., fue acribillado con doce disparos en la llamada Operación Traviata. Perón, en su velorio, dijo: me mataron a un hijo. Ahora no citamos la mitología griega sino al Génesis, pues sus asesinos fueron otros hijos de Perón, cual Caín y Abel.
A Rucci se le atribuye haber sido uno de los jefes indiscutidos de la derecha peronista y como tal, responsable de los crímenes de las bandas fascistas paraestatales, principalmente de la Masacre de Ezeiza contra la Juventud Peronista el 20 de junio de 1973. Cuántos y quiénes fueron los muertos en esta refriega es un misterio que jamás será revelado.
Afirman los investigadores que una semana más tarde de la muerte de Rucci fue creada la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) bajo el mando del teniente coronel Osinde y del ministro José López Rega. Fueron más de 1.500 los asesinatos y 600 los desaparecidos. Peronistas contra peronistas: “Perón, Evita, la Patria socialista”, cantaban unos; y los otros respondían: “Perón, Evita, la Patria peronista” y se sucedían los tiros. El general echó a la juventud de la plaza al grito de “imberbes” mientras éstos coreaban “Qué pasa, qué pasa general, que está lleno de gorilas el gobierno popular”. Nacía el partido Peronista Auténtico para enfrentar a Montoneros contra Línea Lealtad. Más muertos entre peronistas, más vidas perdidas como la del sacerdote Carlos Mugica, cuyo pecado fue quedarse parado en el medio de la balacera.
Nueve años más tarde, con el regreso de la democracia, el peronismo se convirtió en más sutil, las persecuciones y las purgas ya no costaban vidas (salvo dramáticas excepciones) sino la muerte civil. Carlos Saúl Menem llegó al poder luego de haber vencido en las internas a quien sería el representante de la derecha o peronismo ortodoxo Antonio Cafiero, captando los votos más de izquierda. Sin embargo a días de haber asumido la presidencia realizó un giro de 180º designando ministros liberales y afirmando que “si contaba qué era lo que pensaba hacer, no me votaba nadie.” Fiel a un mandato no escrito los peronistas se alinean tras el ganador.
Llegamos al tramo más reciente. Diciembre de 2001 será recordado como el mes de los cinco presidentes: De la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saa, Eduardo Camaño y Eduardo Duhalde, este último electo a través de una asamblea legislativa. Esto fue trágico desde el punto de vista político institucional, pero más grave fue la pérdida de más de cincuenta vidas en distintas refriegas.
Lo que parecía un gobierno de coalición que podía haber llevado a la República por buen camino se vio interrumpido violentamente. En medio de una brutal represión miembros de la policía bonaerense mataron a dos activistas: Maximiliano Kosteki y Dario Santillán. No fueron los primeros muertos que le tiraron a Duhalde, no falta quien considere que la muerte del fotógrafo José Luis Cabezas fue una movida para interrumpir en 1997 la carrera hacia la presidencia de quien llegaría a ella, por un camino irregular, cuatro años más tarde.
Duhalde consideró que su gobierno estaba acabado y convocó a elecciones. Carlos Reutemann no aceptó ser candidato alegando que había visto cosas que no le gustaron. El único que aceptó fue el gobernador de Santa Cruz Néstor Carlos Kirchner quien a la postre fue electo con el 21% de los votos. El vencedor fue Menem con el 25% pero decidió no presentarse a la segunda vuelta. El peronismo se había comido a unos de sus hijos dilectos, aunque luego desconocido.
Kirchner, peronista de derecha junto a su esposa Cristina Elisabet Fernández, habían votado todas las leyes de Menem y declamaban que el mejor economista de la historia argentina era Domingo Felipe Cavallo. Entre otras cosas apoyaron y festejaron la privatización de Y.P.F.. El ex gobernador de Santa Cruz advirtió que no tenía sustento, base sobre la cual fundar una dinastía. La solución se la dio Horacio Verbitsky: había que desempolvar viejas banderas de los derechos humanos pisoteadas durante la dictadura. Concurrió a la ex ESMA y bajó unos cuadros, recibió a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y puso bajo una alfombra todo lo hecho durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Al mismo tiempo y cumpliendo la regla peronista, se fagocitó a Eduardo Duhalde, su mentor y padrino político.
En el año 1972 ante la pregunta de un periodista español para que diseccionara el espectro político argentino, Perón respondió: “Mire, en Argentina hay un 30% de radicales, lo que ustedes entienden por liberales; un 30% de conservadores y otro tanto de socialistas”. “Y entonces, ¿dónde están los peronistas?”, inquirió el informador. “¡Ah, no, peronistas somos todos!”. Hoy, ni Perón se atrevería a realizar tal afirmación. Es más, hay más peronismos que cotizaciones de dólares oficiales e informales.
Esta ensalada tiene un costo incalculable. La señora vicepresidente, en su afán de recuperar el poder y no ser alcanzada por la justicia, designó a dedo al presidente, coptó la justicia (especialmente las fiscalías) y se apoderó de las cajas (ANSes, AFIP, PAMI, Aduana entre otras). Pero, como dijo en su momento Mauricio Macri, pasaron cosas. La pandemia, el pésimo manejo con las vacunas, la corrupción y los 140.000 muertos, el desastre económico, la casi hiperinflación y un ministro que le habría faltado el respeto, la hicieron tener la casi certeza que van a perder las próximas elecciones y que las puertas de las cárceles se pueden abrir para recibirla fraternalmente (“si perdemos las elecciones unos terminaremos dando clases y otros en la cárcel” dijo el ministro de Desarrollo y Habitat Jorge Ferraresi). Por ello, hace meses que tomó distancia del gobierno, habla en tercera persona, ella no es parte del derrumbe, se presenta y así lo dice su hijo, como la salvadora.
Cristina, aunque no son muy claros sus orígenes políticos, y su ideología es un papelito al viento (ahora coquetea con el liberalismo), recoge el principio básico del peronismo: el canibalismo, se fagocita a sus pares. Júpiter toma con su mano derecha a uno de sus hijos y le come la cabeza, los otros hijos miran la escena con angustia y desesperación mientras gritan ¡Viva Perón!
