Por Claudia Beltramino
EL FEDERAL NOTICIAS
Whatsapp encendido. Un contacto tras otro repitiendo «Murió Maradona». La tía de 83, el colega de El Bolsón, el grupo familiar en donde corrían pésames.
En el supermercado eran todos hombres. Jóvenes. En las cajas. Repetían la información aunque no acertaban el tono. No lo vieron jugar. No les robaron aquel mundial de la efedrina. Solo oyeron que era un ídolo. Que después cayó en la droga.
El cielo de noviembre es más azul que ningún otro. Hoy es el cielo del barrilete cósmico. El que inmortalizó Víctor Hugo antes de la grieta que nos separó y nos hundió tan profundo.
A mi el fútbol, ni fu ni fa. A mi las volteretas de Maradona, ni fu ni fa. Pero es como el obelisco. Es parte de mi vida. Me ubica en un tramo de la historia. Caminamos juntos. Como los casettes. O el atado de Marlboro.
Talento y sudor. De canillita a campeón. El oro y el barro. Cualquier calle que tomes, cualquier bondi que elijas en este país te lleva hasta Maradona. Para pelearte, para emocionarte, para odiarlo, para admirarlo, para todo Maradona tan lejos y tan cerca, tan ajeno y tan propio, de cualquiera, de todos.
La radio, la tele, los sitios web, todos en el mismo punto, todos en la misma mezcla de sentimientos, los ricos, los pobres, la izquierda, la derecha, la Universidad, la feria, el Matadero, el corral, el galpón, la redacción, el municipio, la iglesia, la tienda, el teatro, el templo, Beatriz Sarlo, la Mona Jiménez, toda Argentina repite: «Murió Maradona»
