Sergio Capozzi
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

“El domingo en la tribuna
un gordo se resbaló,
si supieran la avalancha
que por el gordo se armó.
Rodando por los tablones
hasta el suelo fue a parar
mientras todos los muchachos
se pusieron a gritar…
Deben ser los gorilas, deben ser…”
Canción popular argentina del año 1955.
Por esos tiempos, finales del gobierno de Perón, en el programa radial La Revista Dislocada, (creación de Aldo Cammarotta), se hacía una parodia de una famosa película protagonizada por Ava Gardner y Clarke Gable donde un científico, ante cualquier ruido que procedía de la selva decía asustado: “deben ser los gorilas.” La frase se popularizó rápidamente siendo utilizada ante cualquier situación que no tuviera una clara explicación.
Más tarde, ante la proscripción del peronismo sus seguidores encarnaron a los anti peronistas o simplemente a los que no comulgaban con el líder exiliado, como Gorilas. Pasaron 67 años y parece ser que esta especie de grandes primares han tenido en la Argentina un hábitat ideal que le ha asegurado su reproducción ya que, según la mirada kirchneristas representan el 53% de los votantes.
Si bien se han reproducido bastante bien, la vida de los Gorilas no es fácil: se los acusa de todos los males que azotan a la Argentina, y sobre todo se responsabiliza a su macho alfa, Mauricio Macri, “Ah, pero Macri”.
Cristina Fernández es algo así como nuestra Dian Fossey de cabotaje, aquella famosa zoóloga y ecologista que dedicó su vida a estudiar a los grandes monos aún en medio de la niebla. La viuda de Néstor Kirchner (que en estos días confesó que su marido cometió un ilícito, una asociación ilícita que permitió al grupo multimedio más importante del país fagocitarse a su máximo competidor), en estos últimos seis años se ha convertido en una experta en gorilas, ya sean color amarillos, rojos y blancos o negros y amarillos. En su tesis llega a la siguiente conclusión: los gorilas son todos malos, engañan, roban, se quedan con la comida de los otros.
Tal es la obsesión que Cristina tiene con los gorilas que se mudó hace años al centro de su hábitat que en la Argentina es el barrio de Recoleta. Se mimetizó tanto para no ser rechazada que adquirió sus mismo hábitos, come donde ellos comen, frecuenta los mismos lugares y le encanta volar en primera clase o mejor, que un avión sin pasajeros vuele 2.000 kilómetros para llevarle un diario hasta su casa. También le gustan ciertos espejitos de colores, que no todos pueden conseguir pero ella los tiene, se los traen de Suiza, Milán, París y Nueva York; incluso hay un video en la cual se la ve revisando fascinada unas estanterías llena de espejitos en Singapur.
Como cualquier obsesión, el centrarse todo el tiempo en un solo tema, el despertarse y ya pensar en que los “gorilas me quieren encerrar”, e irse a dormir pensando lo mismo, la enfermó. Sufre alucinaciones y tiene actitudes paranoicas. Grita, se enoja, llama a su hijo, a los amigos de su hijo. Le echa la culpa a las mismas personas en la cuales ella confiaba, ahora piensa que le quieren robar la gloria, que se quieren quedar con sus pocos bienes, porque no tiene nada material, ella dedicó su vida a sus pobres descamisados, a sus grasitas.
Padece un trastorno de la personalidad, se cree la reencarnación de Evita e incluso pretende recrear el 17 de octubre de 1945. Llama a quienes aún creen en ella (un puñado, el resto son extras rentados que sus acólitos llevan de aquí para allá) para que se movilicen. Aprovecha que el guardia del hábitat de nombre Horacio está distraído y lleva a un montón de gente a la esquina de Uruguay y Juncal. Quienes van a su rescate son chicos bien, ni grasitas ni descamisados, son hijos de terratenientes, tilinguitos que la juegan de progres, mala copia de los que gestaron los grupos Montoneros y ERP hace unos cincuenta años. Como si estuvieran jugando al Mayo Francés se paran delante de camiones hidrantes y hacen como que los empujan, pasan horas haciendo tonterías, cantando “si la tocan a Cristina va a haber quilombo”. Lo mismo que en una estudiantina, pero más peligroso porque bastaría que uno encendiera una bengala para que todo terminara en desgracia. Ella, esto no lo registra porque cuando ocurrieron las tragedias de Once y Cromagnon estaba en El Calafate sin abrir la boca (en esos días, no habría llegado el avión con los diarios)
La señora de Kirchner está enojada con la Justicia, con los mismos jueces que la sobreseyeron tres veces sin siquiera abrir los expedientes a prueba. Ahora acusa a un fiscal y a su jefe de proteger a los gorilas, de querer ensuciar sus décadas de trabajo comunitario sin fines de lucro, prueba de ello es que a pesar de ser abogada jamás firmó un escrito, ni hablar de un habeas corpus por los desaparecidos. Sostiene que la quieren vincular con Lázaro Báez quien era amigo de su fallecido esposo, no de ella. Que a José López lo conoció hace tiempo pero no se llevaban bien, es que López era muy chupa cirios, de ir a los conventos aún en las madrugadas para hacer donaciones extravagantes, que por esos tiempos ella no se llevaba bien con la iglesia, no lo soportaba al cardenal Bergoglio. Después si, cuando conoció al papa Francisco, la cosa cambió, se hizo más creyente que Lilita.
Toda esta situación la ha llevado a distanciarse de su actividad como zoóloga y ecologista, se esta interesando por las vidas pasadas, las constelaciones familiares. Investiga si además de faraona y posible amante de Belgrano es la reencarnación de Nerón (podría percibirse hombre que no sorprendería a nadie) y también del rey Luis XIV de Francia que dijo “el Estado soy yo”.
Menos mal que mientras todo esto ocurre nosotros tenemos un presidente bien plantado, que está en las cosas que interesan, como ir el martes 30 a inaugurar un par de aulas a un instituto de investigaciones medio ambientales en Bariloche. Esperemos que docentes y alumnos no le pregunten por qué se recortó el presupuesto de educación y salud en 140.000 millones de pesos. ¿Le acompañará Magdalena Odarda que ahora está desocupada?
