Por Gisela Colombo
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Un pueblo de Entre Ríos, 1960.
Todos festejaban en la camioneta. Se llegaba al arroyo a la media hora de andar por el camino sinuoso.
Gabriel, especialmente, se reía a carcajadas por las bromas de uno y de otro. Luis permanecía callado, como ausente. Era muy querido en el pueblo, por su bondad infinita, por su compañerismo. Pero para Celia él no existía. Y él estaba muerto por ella.
Cuando partieron, ella se acercó a Gabriel y le dio un beso y Luis miró para otro lado, para que no le vieran el dolor de sus ojos.
―¿Quién se tira primero?― gritó Esteban que estaba sofocado por conducir la camioneta y ya el sol había empezado a clavar el fuego en las cabezas de todos.
―¡¡¡Yo voy ya!!!― anunció Gabriel mientras se sacaba el pantalón y Luis se quedó mirando, un segundo, su porte, su esbeltez y comprendió por qué Celia lo prefería.
¡Cuántos amigos tenía Luis! Pero se sentía solo y desamparado: ella no lo amaba.
Solamente una vez, en una oportunidad, sintió su mirada, una mirada que venía desde lejos, desde un sol apagado, de alguien buscando un gesto. Pero él no reaccionó, se quedó paralizado. Y pasó el tiempo y las máscaras continuaron labrando sus cadenas.
―¡Celia! ¿Qué te pasa? ¡Estás distraída!― le dijo Susana, su amiga, casi en un grito.
Celia despertó de su estado y dejó el vaso sobre la mesa de la confitería. Vio a su amiga, y la imagen de Luis desapareció. Escuchame, por favor, escuchame Celia, le reclamó Susana. Pero Celia sentía que no quería escucharla y el rostro de Luis renació. Era como tenerlo al lado.
Recordó esa noche, dos años atrás, cuando él se le acercó en el colegio y le habló amorosamente: ―Qué linda que estás, qué hermoso tu cabello―.
Y por qué ella no entendía, no comprendía, por qué esa misma noche no fue a hablar con Gabriel y le dijo que no, que no podía seguir de novia con él.
No se animó esa noche, ni después. Pero antes de dormir siempre se le presentaba la imagen de Luis.
―¡Es insoportable el calor, vamos, vamos!― casi ordenó Esteban a los dos amigos.
El agua circulaba como una savia fresca y vivificante. Los cuerpos sentían que el incendio cedía, mientras, arriba, el sol continuaba su hoguera de verano.
Reían. Y nadaban. Reían. Hasta Luis reía y su memoria había quedado atrás, en la orilla, en el pueblo.
En un segundo ocurrió todo.
Luis se escurrió bajo el agua mientras el remolino lo hundía para siempre.
Gabriel y Esteban gritaron, quisieron sacarlo, se arriesgaron, también murieron un poco. Y lloraron.
Luis, Luis, murmuró Celia mientras le arrojaba una flor, en la tierra fresca.
Luis, dijo y sintió que el arroyo también la arrastraba a ella hacia un mundo sin sol, sin cielo, sin palabras.
Amalia Mercedes Abaria. Buenos Aires. Lic. en Sociología. Publicó seis poemarios, dos libros de cuentos y uno de Microficciones. Últimamente muy dedicada a la pintura, su otra pasión. Y en la etapa final de su próximo poemario.
Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
