Por Gisela Colombo
Borges, después de Borges: las muchas vidas de una figura argentina
El doctor Lucas Adur ofreció una charla dedicada a pensar no solo la obra de Jorge Luis Borges, sino también las formas en que la sociedad argentina fue construyendo, discutiendo y transformando su figura a lo largo del tiempo. El eje del encuentro no fue únicamente Borges como escritor, sino Borges como imagen pública: aquello que distintas épocas quisieron ver en él, aquello que rechazaron, aquello que olvidaron y aquello que volvieron a buscar.
Adur, que es uno de los biógrafos más ambiciosos de Borges, propuso una lectura histórica de la recepción borgeana, especialmente en Argentina. Señaló que durante los años setenta se impuso con fuerza una imagen de Borges desde la mirada política. Lógicamente, marcada por la polémica. En ese momento, el autor fue leído, principalmente, desde sus posiciones ideológicas, sus declaraciones públicas y la distancia frente a ciertas tradiciones populares. Se consolidó así la figura del “Borges escritor conservador”, una imagen que generó rechazo, resistencia y discusión. Para la cultura oficial, la literatura parecía entonces inseparable de la política, y Borges ̶ más que un autor ̶ era expresión viva de un problema argentino.
En ese marco, Adur puso el acento en el ensayo “Leyenda y realidad”, donde puede verse el contrapunto que plantea Borges entre el relato casi mítico y la realidad vista por sus ojos. Por cierto, muy crítica con el peronismo.
El escritor empieza a funcionar como una figura atravesada por tensiones: el autor real, el autor leído, el autor juzgado y el autor convertido en mito. Lo que se discutía no era solo una obra literaria, sino también una forma de entender la nación, la tradición, la cultura y el lugar del escritor frente a la historia.
Pero esa imagen estaba destinada a modificarse después de su muerte.
Adur señaló que aparece entonces otra figura: la del “Borges muerto”. Con la desaparición física del escritor, comienza una lectura menos atada a la coyuntura política inmediata. Se busca un Borges más amplio, menos condicionado por las discusiones de la ideología argentina. En esa línea menciona a Ana María Barrenechea, quien exploró la irrealidad en Borges, desplazando la atención hacia la ficción, los mundos posibles y la concepción misma de la realidad.
Sin embargo, Adur mostró que la figura de Borges no se simplificó con el paso del tiempo: por el contrario, se complejizó. A medida que avanzaron las investigaciones, empezaron a surgir muchos Borges.
Propuso, por ejemplo, el Borges joven, el de los primeros poemarios, el adolescente sociable, vanguardista, inmerso en el mundo de escritores y artistas, incluso admirador de la Revolución rusa. Antes del escritor canónico hubo un joven atento a las vanguardias, al debate de época, a las formas nuevas de la sensibilidad literaria. El mismo que retrata el autor en su cuento “El Otro”.
Esa imagen permite romper con la idea de un Borges inmóvil, siempre idéntico a sí mismo, siempre conservador, siempre distante. El mismo Borges invita a comprender la evolución: En el cuento referido, incluso, se encuentran dos de los Borges diferentes: uno prácticamente adolescente y otro, hombre maduro que transitaba la década del 60.
Luego aparece el Borges íntimo, revelado por las memorias, diarios y testimonios de quienes lo trataron de cerca, como Carlos Mastronardi o Adolfo Bioy Casares. Allí se descubre otro costado del autor: el amigo brillante, hilarante ̶ y hasta maledicente ̶ , dueño de una inteligencia oral tan filosa como su escritura. Ese Borges privado se aleja de la solemnidad del bronce inerte y devuelve una figura más humana, más contradictoria… acaso más interesante.
Adur también convocó al Borges erguido sobre el campo literario, interesado en la política de la literatura: concursos, revistas, editoriales, amistades, rivalidades, premios, instituciones. En este sentido señaló que Borges llegó a agotar prácticamente todos los trabajos relacionados con la literatura. Fue escritor, editor, director de revistas, conferencista, bibliotecario, gestor cultural. No fue solo un autor recluido en una torre de libros; fue alguien profundamente consciente del funcionamiento completo del sistema literario.
Otro desplazamiento importante llega con los estudios sobre Borges lector. Allí emerge un escritor más sistemático, más erudito y más disciplinado de lo que a veces se suponía. La imagen del lector hedonista, que vinculaba la lectura con el placer, no elimina la dimensión rigurosa de su trabajo. Por el contrario, la revela. Leía con placer, pero también con método; con libertad, pero con una disciplina secreta. Quizá por su “destino literario”, como reza el subtítulo de la biografía de setecientas páginas que Adur ha publicado en 2025.
A esa serie se suma el Borges trabajador, el hombre que debía dar conferencias como forma de vida, el escritor que convertía la palabra pública en sustento económico. Esa imagen permite observar una zona menos idealizada: la del autor que trabaja, que viaja, que habla, que produce, que administra su propia figura y su propio tiempo.
Después de su muerte, según sostiene Adur, se intensifica además un rostro decisiva: el Borges pop. Borges comienza a circular más allá de la crítica literaria y de la universidad. Se vuelve personaje de películas, libros, historietas, recreaciones artísticas y ficciones ajenas. Ya no solo se estudia su obra: también se lo usa, se lo cita, se lo dibuja, se lo reinventa.
En ese recorrido, el profesor refiere a Perramus y diversas formas de apropiación en historietas, cine y cultura popular. Algunas recreaciones lo convierten directamente en personaje; otras toman sus procedimientos, sus atmósferas o sus perspectivas de manera más indirecta. El legado artístico puede medirse, entonces, no solo por la cantidad de estudios críticos que generó, sino por la cantidad de ficciones que volvió posibles.
Entre esas reapropiaciones aparecen también las de ciencia ficción, con obras que recrean o expanden universos como el de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.
La potencia de Borges está presente allí. Porque el haber imaginado mundos donde la ficción empieza a invadir la realidad, donde una enciclopedia puede modificar el orden de lo existente, de algún modo anticipó lo que vendría: lo imaginario dejaría de ser un refugio para convertirse en una fuerza material.
Esa intuición, opina Lucas Adur, vuelve a Borges extraordinariamente contemporáneo. En tiempos de postverdad, de realidades construidas, de identidades narradas, de IA construyendo saber, de mundos digitales y ficciones que organizan la experiencia cotidiana, Borges parece haber presagiado{+ una zona central del presente. La metalepsis —ese cruce entre niveles de realidad y ficción— hace que el mundo actual adquiera algo del carácter fantástico que Borges buscaba producir en sus cuentos.
Por eso releerlo hoy no implica solo volver a un clásico. Implica también repensar lo contemporáneo. Borges permite revisar un mundo donde la realidad se volvió más ficcional, donde los relatos disputan el estatuto de lo verdadero, donde las invenciones ya no permanecen encerradas en los libros, sino que intervienen sobre la vida común.
En suma, la charla del profesor, investigador y biógrafo, Lucas Adur dejó una conclusión abierta y fértil: Borges no es una figura fija. Cada época inventa su propio Borges:
Hubo un Borges político, un Borges conservador, un Borges joven, un Borges íntimo, un Borges lector, un Borges trabajador, un Borges de archivo y un Borges pop. Y tal vez esa sea una de las razones de su permanencia: El gran autor argentino no deja de transformarse porque todavía ofrece formas de leer aquello que nos transforma.
Su obra sigue funcionando como un espejo, pero no uno que devuelve una imagen estable. Más bien, un espejo borgeano: deformante, múltiple, infinito. En él la Argentina leyó sus discusiones políticas, la crítica leyó sus sistemas literarios, los artistas leyeron nuevas ficciones y el presente puede leer, todavía, la inquietante invasión de lo imaginario sobre la realidad.
