Por Gisela Colombo
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
«¿No querés uno?» La pregunta clave es disparada por Andrea, un miércoles caluroso por la tarde, mientras tomamos un té con galletitas que ella misma horneó. Se podría decir que para Andrea el punto culminante en la vida de toda mujer es ser madre, aquello que te hace sentir realizada, plena y feliz. Con su pregunta, se refiere a si quiero uno igual a su Martincito o a su Juanita. Como si se compraran en el mercado. Cuando me lo dice, sonríe ampliamente y los mira con tanta ternura a sus niños que me da cosa decirle que no, que todo lo contrario. Me habla de la vida familiar, de todo lo bueno que acarrea tener chicos. «Claro que te cambian la vida —acota—, nada es lo mismo cuando sos mamá». «Los primeros meses no podés dormir y te piden la teta todo el tiempo», me dice mientras le hace una trenza a Juanita. Yo recuerdo que ella, los primeros meses, cuando amamantaba a Juanita, vivía con los pezones hinchados. Mientras intentamos hablar, Martín se vuelca la chocolatada encima y se mancha todo el sofá. Las paredes de la casa de Andrea tampoco son las mismas después de su maternidad; están llenas de dibujos de colores. Ni hablar si el padre no ayuda —como es el caso— porque se pasa todo el día trabajando y cuando llega, quiere que la comidita esté lista y que no lo jodan los niños, que la mujer esté impecable, de buen humor y arreglada para recibirlo. Ella, me cuenta, está tan exhausta que ya ni quiere que el marido la toque. Hay noches en que finge fuertes dolores de cabeza y otras noches en que los tiene realmente.
Andrea es profesional independiente, contadora y trabaja desde su casa. Hace las dos cosas a la vez: su trabajo y cuidar a los chicos. Para mí eso sería imposible. Yo ya me desconcentro cuando estoy trabajando en algo y suena el teléfono… No me quiero imaginar cómo sería tener a un mocoso que reclama atención constante, que quiere jugar o comer, que se ensucia el pañal. Pero Andrea se lo toma con calma. O al menos eso parece. Cuando de los chicos se trata, tiene una paciencia infinita. Es más, parece que hasta disfrutara profundamente de limpiar la caca de su bebé. Cuando estoy bajoneada, mi analista me comenta que tener un hijo es como un fuerte antidepresivo. Yo pienso: una de dos, o me termina de hundir o salgo a flote para siempre.
Quizás soy una anormal, pero a mí todavía no se me despertó ese fuerte instinto de ser mamá, que algunas mujeres parecen tener desde la cuna. Hay nenitas que juegan a tener un bebé, a cambiarlo y darle la mamadera. Yo nunca me copé demasiado con ese juego. Ahora los chicos corren de un lado al otro dentro del pequeño departamento. Yo empiezo a ahogarme. Pienso que son como animales enjaulados. Juanita tira su zapatito de las princesas de Disney en la nariz de Martín. Él llora, hace un escándalo. Rompe la azucarera que Andrea había sacado cuando nos sentamos a tomar el té. La azúcar queda desparramada por todo el piso. Ella se irrita un poco y lo reta a Martín, pero su enojo dura apenas unos segundos. Luego se pone a limpiar todo el desastre con la misma dedicación de un restaurador de muebles antiguos. Y a todo esto Andrea todavía no ha podido tomar ni un sorbo de té que ya debe estar frío porque ninguna de las dos criaturas la deja tranquila por más de un minuto. Tanto es así que no podemos entablar ninguna conversación y apenas empiezo a contarle de mi crisis con Tomás, ella cambia de tema, se pone a hablar de los chicos o me pregunta: «¿De qué estábamos hablando?» Yo me resigno y me muestro interesada cuando me cuenta de la torta de chocolate que hizo para llevar a una fiestita en el jardín de los nenes. Me quiere dar la receta, dice que es una pavada y me cuenta que la decoró con los personajes de la película «Madagascar». Le pide a Juanita que me cante la última canción que aprendió en el colegio, en inglés, y ella se pone a cantar y hace una coreografía. Es que los chicos están preparando una obra para mostrar a fin de año.
Cada tanto a Andrea le agarran fuertes contracturas y crisis de stress, aunque cuando nos vemos para ella está todo bien y tiene una expresión de profunda serenidad. Creo que lo que le pasa es que está tan contenta de ser madre que todo su sufrimiento pasa a segundo plano. El médico le dice que tiene que parar el carro. El asunto es que no puede parar y se resiste a contratar una niñera, un poco por lo caro y otro porque piensa que ella es la mejor compañía para sus niños; no quiere delegar a otra persona la sagrada tarea de cuidar a esos inquietantes mocosos.
Y sí, debe ser antinatural esto que me pasa, pero veo a todas las madres a mi alrededor y pienso: yo no quiero esa vida para mí. Calculo que no debo ser la única que lo piensa aunque también calculo que debo ser parte de una minoría. Hace poco una de estas mamás amigas mías me dijo que vivía la maternidad como una esclavitud y que estaba un poco arrepentida de ser madre. Yo no quiero encontrarme un buen día con un crío y sentirme así, arrinconada y sin poder dar marcha atrás.
Tomás hace unos días me comentó, mientras miraba en Facebook las fotitos de todos los bebés de sus amigos, que tenía la intención, en un futuro no muy lejano, de ser padre. No sé con quién, pensaba yo, porque conmigo no lo veo. Quizás lo deba dejar libre para que busque un buen ejemplar reproductor. Hace poco, Laura, que está de seis meses, me dijo que le resulta raro esto del embarazo, que es un poco la sensación de que hay un alien que te invade el cuerpo y se alimenta de él. Yo pienso que sí, que debe ser como una película de ciencia ficción. Además, se te deforma todo el cuerpo y ni siquiera podés tomar alcohol o enchufarte un antibiótico si estás con fiebre o una pastilla para dormir, si tenés insomnio.
En fin, todo esto de la maternidad es muy complicado y creo sencillamente que yo no tengo el software maternal cargado en mi máquina. Tal vez le puedo pedir a alguien que me lo instale, que me cambie la configuración. Le quiero preguntar a Andrea si quiere ir al cine conmigo el fin de semana, ya que hace mucho que no armamos un programa juntas. Un programa en serio, no esto de hablar entrecortado mientras los nenes trepan por sus piernas. Cuando estoy por proponérselo, viene Juanita llorando porque dice que Martín le tiró champú en el ojo. Se arma toda una revolución y Andrea pierde esa paciencia de santa y le da un golpe en la cabeza a su hijo que a su vez llora y emite unos gemidos agudos que superan por lejos los agudos de María Callas. Ante este despelote no sé qué hacer. Me quedo mirando la escena con sorpresa y siento unas puntadas en el pecho. Le miento a Andrea para poder escaparme, finjo tener una entrevista laboral. Quiero alejarme lo más posible. No puedo negar que quedé conmovida por esta escena familiar, tan caótica pero tan extrañamente envidiable a la vez, y quizás me duela saber que es probable que yo nunca sienta ese deseo arrollador de crear otro ser humano.
Pienso en mi compañero del instituto que me dice: «Estás vieja, Colo». Quizás él tenga razón, quizás sea hora de asumir responsabilidades, formar una familia, madurar, crecer, construir algo con mi pareja. Después de todo, no me falta tanto para los temidos cuarenta y la fertilidad no dura para siempre. Pero la sola idea de pensar en ser madre me paraliza. Y no sé por qué, cada vez que voy a visitar a mis amigas con hijos, salgo del encuentro con una sensación de tristeza abismal, de soledad sin fondo. Quizás me aterra pensar en lo que me estoy perdiendo y en lo que podría perderme en el futuro. O quizás yo le pido a la vida otra cosa, no sé bien qué, pero algo distinto. Me aterra soñar con algo que difiere de aquello que la mayoría anhela, la dulce y cálida maternidad. Creo que estoy en la eterna búsqueda de mi propio punto culminante sin saber si algún día voy a lograr encontrarlo; quizás es más difícil hacerlo para quienes no tenemos hijos.
Mientras me alejo de la casa de mi amiga, observo las panzas de las embarazadas que caminan por la calle y veo cómo las madres se aferran a sus hijos, con cuánto amor los abrazan y con cuánta fascinación los miran. Me siento una extranjera que visita por primera vez un país extraño cuyo idioma no entiende y cuyos habitantes la esquivan.
Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
