Por Gisela Colombo
Pocos signos resumen tan bien la historia de la lengua como la arroba. Antes de separar nuestro nombre del dominio de un correo electrónico, antes de servir para mencionar a alguien en las redes sociales y mucho antes de convertirse en una marca de la cultura digital, la @ perteneció al mundo del comercio, los pesos y las mercancías.
La palabra “arroba” procede del árabe hispánico arrúb‘, derivado del árabe clásico rub‘, que significa “cuarta parte”. Designaba una medida de peso equivalente a la cuarta parte de un quintal. Su valor podía variar según la región, aunque en Castilla terminó correspondiendo aproximadamente a 11,5 kilogramos. También se utilizó como medida de capacidad para líquidos.
La palabra conserva, por lo tanto, la memoria de la presencia árabe en la península ibérica y de una época en la que medir no era una operación completamente uniforme. Una arroba de vino o de aceite formaba parte del lenguaje cotidiano del comercio mucho antes de que alguien imaginara una computadora.
El origen exacto del dibujo @ es menos seguro. Una de las explicaciones más difundidas sostiene que surgió como una abreviatura manuscrita: los escribas habrían unido las letras de la preposición latina ad, que significaba “hacia”, “junto a” o “en”. Con el movimiento rápido de la escritura, la letra d habría terminado rodeando a la a.
También existe una temprana documentación mercantil del signo en una carta escrita en 1536 por un comerciante florentino desde Sevilla. Allí, la @ parecía representar un ánfora, una unidad utilizada para medir vino. El signo ya estaba, por tanto, asociado con cantidades y operaciones comerciales.
Durante siglos, la arroba sobrevivió en libros contables, inventarios y documentos de compraventa. En el mundo anglosajón adquirió el sentido de “a razón de” o “a un precio de”. Una anotación como “cinco productos @ dos dólares” indicaba que cada unidad costaba esa cantidad.
Esa función comercial explica que el signo apareciera en los teclados de las máquinas de escribir y, más tarde, en los de las primeras computadoras. Sin embargo, seguía siendo un carácter poco utilizado.
Todo cambió en 1971.
El programador Ray Tomlinson buscaba un signo para separar el nombre de una persona del nombre de la computadora que alojaba su cuenta. Eligió la @ porque estaba disponible en el teclado, aparecía poco en los nombres propios y, en inglés, se leía at: “en”. Una dirección podía interpretarse entonces como “usuario en servidor”.
Un antiguo signo comercial encontró así una función completamente nueva. Lo que durante siglos había indicado pesos, recipientes o precios comenzó a señalar una ubicación en el espacio digital.
En español conservó el nombre de la vieja medida: arroba. En inglés se la llama at sign; en italiano, chiocciola, “caracol”; en alemán, Klammeraffe, una expresión asociada con un mono de cola enroscada. Cada lengua interpretó su forma desde una imagen diferente.
Con la expansión de las redes sociales, la arroba volvió a transformarse. Ya no solo separó al usuario del dominio: comenzó a colocarse delante de un nombre para dirigirle un mensaje o mencionarlo públicamente. De ese uso nació incluso el verbo “arrobar”, aceptado para referirse a la acción de mencionar a alguien mediante este signo.
También se la utilizó para reunir visualmente terminaciones masculinas y femeninas en formas como “alumn@s”. Sin embargo, la arroba no es una letra ni posee una pronunciación propia dentro de esas palabras, por lo que la RAE y la Fundéu no recomiendan ese uso en la escritura general.
La historia de la arroba demuestra que los signos tampoco permanecen inmóviles. Pueden abandonar una función, conservarse durante siglos en los márgenes y reaparecer cuando una nueva tecnología los necesita.
En la @ conviven una palabra árabe, los mercados medievales, los comerciantes del Renacimiento, las máquinas de escribir y el nacimiento del correo electrónico.
Cada vez que escribimos una dirección digital utilizamos, sin advertirlo, un signo antiguo. La modernidad no siempre inventa sus símbolos: a veces los encuentra olvidados en el teclado.
