La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó una resolución para promover mapas que representen con mayor fidelidad el tamaño relativo de los territorios. El episodio reabre una discusión que va mucho más allá de la cartografía: quién representa al mundo, desde dónde y con qué criterios.
Jorge Brizuela Cáceres
El Federal Noticias
Hay una vieja advertencia que debería acompañar a cualquier mapa: el mapa no es el territorio. Parece una obviedad, pero no lo es. Cada vez que la superficie curva de la Tierra se transforma en una representación plana hay que tomar decisiones. Qué conservar, qué deformar, dónde colocar el centro, qué superficie privilegiar y para qué se utilizará esa representación.
Por eso la decisión adoptada el 4 de septiembre por la Asamblea General de Naciones Unidas tiene una dimensión que excede largamente una discusión entre especialistas en cartografía. La ONU aprobó por «164 votos contra uno, con seis abstenciones» la resolución denominada Correct the Map, impulsada por Togo y respaldada por países africanos. El texto promueve una representación cartográfica que refleje con mayor precisión el tamaño relativo de las masas continentales y alienta el uso de proyecciones de superficie equivalente, entre ellas Equal Earth.
Pero hay una precisión fundamental: la ONU no prohibió el mapa de Mercator ni ordenó abandonar su utilización. La resolución no es jurídicamente vinculante y no elimina una herramienta que continúa teniendo utilidad técnica para determinadas aplicaciones, particularmente la navegación. Lo que propone es modificar la manera en que se representa el mundo en determinados ámbitos educativos, institucionales y digitales. La diferencia no es menor.

Mercator: un mapa que nació para otra cosa
La proyección de Mercator fue desarrollada por el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator y publicada en 1569. Su principal virtud no era mostrar correctamente el tamaño relativo de los continentes, sino conservar los ángulos locales y facilitar determinados cálculos de navegación. En otras palabras: Mercator no fue concebido como un ranking de superficies terrestres.
El problema aparece cuando una proyección diseñada para una finalidad específica se convierte, durante generaciones, en la imagen mental que millones de personas utilizan para imaginar el planeta. La deformación aumenta a medida que nos alejamos del Ecuador. Los territorios cercanos a los polos aparecen mucho más grandes de lo que son en realidad.
El ejemplo más conocido es Groenlandia. En un planisferio basado en Mercator puede parecer comparable en superficie con África. En la realidad, África tiene aproximadamente 14 veces la superficie de Groenlandia. El mapa no está “mintiendo”. Está aplicando una determinada transformación matemática de una esfera a un plano. El problema aparece cuando olvidamos esa transformación.

Equal Earth: cambiar la perspectiva
Equal Earth fue desarrollada en 2018 por el esloveno Bojan Šavrič (Doctor en Geografía y Minor en Ciencias de la Computación), el estadounidense Tom Patterson (Magister en Geografía y Cartógrafo Senior retirado del Servicio de Parques Nacionales de EE. UU.) y el suizo Bernhard Jenny (Doctor en Cartografía y Profesor Asociado de Visualización Inmersiva), como una proyección de superficie equivalente. Su característica central es sencilla de explicar: mantiene la proporción relativa de las superficies terrestres.
África vuelve a verse como lo que es: un continente gigantesco. Pero tampoco existe el mapa perfecto. Una proyección que conserva superficies debe aceptar deformaciones en otras propiedades, como las formas, las distancias o los ángulos. La cartografía no puede representar simultáneamente y sin distorsión todas las características de una esfera sobre una superficie plana.
Por eso hablar de un “mapa correcto” requiere cierta cautela. Equal Earth es más apropiado cuando la pregunta que queremos responder es: ¿qué superficie ocupa realmente cada territorio en relación con los demás? Mercator puede resultar más apropiado cuando la pregunta es otra. El verdadero asunto, entonces, no es reemplazar un mapa “falso” por otro “verdadero”. Es saber qué información queremos preservar y para qué.

Argentina también complica el relato fácil
Aquí aparece un detalle particularmente interesante para nosotros. La discusión suele presentarse como una oposición sencilla: Mercator agranda al Norte rico y reduce al Sur pobre. Eso es demasiado simple. La deformación de Mercator no responde a la riqueza, al sistema político ni a la historia colonial de un país. Responde fundamentalmente a la latitud.
Por eso Argentina también resulta afectada por la representación de Mercator. Cuanto más hacia el sur se extiende el territorio, mayor es la distorsión de superficie. Sin embargo, la cartografía oficial argentina no depende de una única proyección mundial. El Instituto Geográfico Nacional utiliza distintas proyecciones según la finalidad y el territorio representado. Para buena parte de la cartografía nacional emplea Gauss-Krüger, una variante transversal de Mercator, mientras que también utiliza proyecciones equivalentes como Lambert para determinadas representaciones.
Esto demuestra algo importante: en cartografía profesional no existe una guerra entre “el mapa viejo” y “el mapa nuevo”. Existen herramientas diferentes para problemas diferentes.

Entonces, ¿qué significa hablar de colonialismo cartográfico?
Aquí comienza la discusión verdaderamente política. Decir que Gerardus Mercator diseñó deliberadamente su proyección para favorecer a las potencias coloniales sería históricamente incorrecto. La proyección nació antes de que existiera buena parte del orden colonial moderno y respondió a necesidades concretas de navegación.
Pero otra cuestión es analizar cómo fueron utilizados los mapas dentro de relaciones históricas de poder. Durante siglos, la cartografía sirvió para explorar, delimitar, nombrar, administrar y controlar territorios. Los Estados europeos utilizaron mapas para fijar fronteras, organizar administraciones, identificar recursos, establecer rutas y convertir territorios lejanos en espacios legibles desde los centros de poder. En ese sentido puede hablarse de una dimensión colonial de la cartografía.
No porque una determinada fórmula matemática haya sido creada para conquistar territorios, sino porque representar el espacio también es una forma de organizar el conocimiento sobre él. Quién dibuja el mapa, qué nombres utiliza, dónde coloca el centro, qué fronteras reconoce y qué territorios considera relevantes no son decisiones completamente inocentes.
Pero tampoco significa que todo mapa sea propaganda. Ese matiz es indispensable.
El voto de Estados Unidos y la pregunta sobre Trump
Estados Unidos fue el único país que votó en contra de la resolución. Los representantes estadounidenses cuestionaron el texto por considerar que promovía una agenda ideológica y que desviaba la atención de problemas internacionales que, a su juicio, son más importantes. El dato permite formular una pregunta inevitable: ¿habría votado Estados Unidos de la misma manera con otro presidente? No hay una respuesta verificable.
El voto ocurrió durante la administración de Donald Trump, pero atribuirlo exclusivamente a una decisión personal del presidente requeriría demostrar qué factores determinaron la posición diplomática estadounidense y cuánto pesaron las instrucciones políticas, la burocracia del Departamento de Estado y la tradición de la política exterior norteamericana. Eso no puede establecerse a partir del resultado de esta votación.
Lo que sí puede afirmarse es que Estados Unidos fue el único voto negativo frente a una mayoría abrumadora de la Asamblea General. Y también que Washington interpretó la iniciativa desde una perspectiva política distinta de la de sus promotores africanos.

Las seis abstenciones son más interesantes que el voto negativo
El bloque que se abstuvo estuvo integrado por Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia y Ucrania. A primera vista podría resultar tentador interpretar esas abstenciones como una especie de acompañamiento indirecto a Estados Unidos. Pero una lectura semejante simplificaría demasiado la diplomacia de esos países.
No todos tienen las mismas relaciones con Washington, ni las mismas prioridades internacionales, ni la misma historia diplomática. Además, hay una diferencia importante entre votar en contra y abstenerse. Estados Unidos rechazó expresamente la resolución. Los seis países abstencionistas no la acompañaron, pero tampoco votaron para impedir su aprobación.
La abstención, en diplomacia multilateral, puede responder a múltiples razones: desacuerdo parcial, reservas sobre el texto, problemas de procedimiento, prioridades nacionales o simplemente decisión de no comprometerse con ninguna de las posiciones enfrentadas. Por eso, más que buscar una explicación única para las seis abstenciones, resulta más interesante observarlas como una señal de que la cuestión cartográfica no produjo una división política perfectamente alineada en dos bloques.
Y allí aparece una diferencia particularmente significativa: Serbia no puede ser encajada automáticamente en el mismo patrón que los países bálticos y del espacio postsoviético, mientras que Ucrania introduce además sus propios conflictos territoriales y cartográficos. La lectura más prudente es, por tanto, que las abstenciones requieren análisis individual y no permiten construir automáticamente un supuesto bloque geopolítico.
Ucrania recuerda que los mapas también dibujan conflictos
En ningún lugar resulta más evidente que en Ucrania. Un mapa no sólo representa montañas, mares o superficies. También representa fronteras. Y algunas fronteras son objeto de disputa.
Crimea, los territorios ocupados y las fronteras internacionalmente reconocidas convierten a la cartografía en una cuestión mucho más sensible que una simple discusión sobre tamaños continentales. En esos casos, decidir qué frontera aparece, qué territorio recibe determinado nombre o qué estatus se asigna a una región puede tener consecuencias políticas y diplomáticas concretas.
Por eso resulta insuficiente analizar Correct the Map únicamente como una discusión sobre África y Groenlandia. Los mapas también dicen quién considera qué territorio como propio, ocupado, disputado o independiente.
No existe un mapa verdadero
Quizás ésta sea la conclusión más importante. No existe una representación plana de la Tierra que conserve simultáneamente superficies, formas, distancias, direcciones y ángulos.
Cada proyección es una elección. Mercator privilegia determinadas propiedades geométricas. Equal Earth privilegia la proporcionalidad de las superficies. Otras proyecciones privilegian distancias, direcciones, formas regionales o determinados usos científicos y administrativos.
Por eso la pregunta correcta no debería ser solamente “¿cuál es el mapa correcto?”. La pregunta debería ser: ¿correcto para qué? Ese interrogante obliga a abandonar tanto la ingenuidad cartográfica como la tentación de convertir una herramienta matemática en una explicación total de la historia.

Cambiar el mapa no cambia automáticamente el mundo
La iniciativa impulsada por Togo tiene una dimensión simbólica evidente. Si durante generaciones un niño observa que África parece aproximadamente del tamaño de Groenlandia, esa imagen puede contribuir a una percepción equivocada de las dimensiones reales del continente.
Mostrar África con su verdadera superficie relativa puede corregir esa percepción. Pero hay un límite. Un mapa puede cambiar la representación del poder. No necesariamente cambia el poder. África puede aparecer mucho más grande en una pantalla y continuar enfrentando problemas económicos, institucionales, demográficos, tecnológicos o geopolíticos que ninguna proyección cartográfica puede resolver.
Del mismo modo, reducir visualmente Groenlandia no modifica su ubicación estratégica ni cambia la realidad del Ártico. Y representar correctamente la superficie de Argentina no modifica por sí mismo nuestra posición económica, demográfica o geopolítica. La cartografía puede modificar la manera en que observamos el mundo. No puede, por sí sola, modificar las relaciones de poder que existen dentro de ese mundo.
La verdadera revolución sería aprender a leer mapas
Quizás la decisión de Naciones Unidas sea útil precisamente si se la toma como una oportunidad educativa. No para reemplazar dogmáticamente un mapa por otro. No para convertir a Mercator en un símbolo absoluto del colonialismo.
Y tampoco para presentar Equal Earth como si hubiera descubierto la única manera objetiva de representar el planeta. La verdadera revolución sería enseñar que todo mapa es una interpretación de la realidad.
Que detrás de cada línea hay una decisión. Que detrás de cada proyección existe una finalidad. Que detrás de cada frontera puede haber una historia. Y que detrás de cada centro del mapa existe, muchas veces, una determinada manera de mirar el mundo. La ONU puede recomendar que cambiemos los mapas.
Pero la cuestión más profunda es otra. ¿Estamos dispuestos a aprender a leerlos? Porque un mapa puede hacer que África parezca más grande. Puede corregir una distorsión. Puede modificar nuestra percepción. Pero para cambiar la realidad hace falta bastante más que cambiar la proyección.
