El próximo 26 de junio la Unión Cívica Radical cumplirá 135 años de vida política. La fecha invita al homenaje, pero también obliga a una reflexión incómoda: ¿la UCR sigue siendo una fuerza con vocación de poder o se ha convertido en un museo?
Jorge Brizuela Cáceres
El Federal Noticias
La pregunta no es menor. La fuerza fundada por Leandro N. Alem en 1891 es uno de los partidos políticos más antiguos de América Latina y protagonista central de la construcción institucional argentina. Sin embargo, atraviesa una paradoja que debería encender todas las alarmas dentro de sus filas: mantiene una de las estructuras territoriales más extensas del país, pero ha perdido capacidad para conducir el debate político nacional.
Los números de una contradicción
Las estadísticas muestran una realidad difícil de ignorar. La Unión Cívica Radical cuenta con aproximadamente 1,8 millones de afiliados, convirtiéndose en el segundo partido político más grande de Argentina detrás del Partido Justicialista. Además, mantiene presencia formal en los 24 distritos electorales del país, gobierna cinco provincias y posee cientos de intendencias distribuidas en todo el territorio nacional.
La comparación con otras fuerzas políticas resulta reveladora:
| Partido | Afiliados |
|---|---|
| Partido Justicialista | 3.142.777 |
| Unión Cívica Radical | 1.793.705 |
| PRO | 159.939 |
| La Libertad Avanza | 65.253 |
Sin embargo, la influencia política efectiva parece recorrer el camino inverso: La Libertad Avanza, con apenas una fracción de la estructura territorial radical, controla la presidencia de la Nación y monopoliza gran parte de la agenda pública. El peronismo continúa siendo la principal fuerza opositora y conserva la mayor representación parlamentaria. Mientras tanto, la UCR aparece atrapada en una posición intermedia: demasiado grande para desaparecer y demasiado débil para liderar.
La pregunta refundacional surge casi naturalmente: ¿Cómo puede un partido con casi 1,8 millones de afiliados tener menos incidencia nacional que una fuerza con apenas 65.000?
De Alem a la crisis de identidad
La historia radical siempre estuvo asociada a una misión política concreta: Alem enfrentó el régimen conservador y el fraude electoral; Hipólito Yrigoyen impulsó la incorporación política de las clases medias y sectores populares; Marcelo T. de Alvear consolidó la experiencia institucional del radicalismo gobernante; Arturo Illia reivindicó la ética pública y la independencia política; Raúl Alfonsín reconstruyó la democracia después de la última dictadura militar.
Cada generación radical encontró una causa histórica. La generación actual todavía busca la suya. Ese vacío explica gran parte de la crisis contemporánea del partido.
Frondizi: el radicalismo que pensaba el desarrollo
Existe una tendencia frecuente a reducir la historia radical a una línea que une a Alem, Yrigoyen, Illia y Alfonsín. Sin embargo, cualquier análisis serio debe incorporar a Arturo Frondizi. Elegido presidente por la Unión Cívica Radical Intransigente en 1958, Frondizi desarrolló una de las experiencias modernizadoras más ambiciosas del siglo XX argentino.
Su gobierno impulsó:
- la industrialización acelerada;
- la expansión energética;
- el autoabastecimiento petrolero;
- la radicación de inversiones estratégicas;
- la planificación del desarrollo nacional.
Más allá de las controversias que todavía genera, Frondizi formuló una pregunta que sigue vigente: ¿Cómo generar crecimiento sostenido en un país periférico sin resignar soberanía ni desarrollo tecnológico?
Resulta llamativo que una fuerza política que produjo a uno de los principales pensadores desarrollistas de América Latina tenga hoy enormes dificultades para exponer una propuesta económica integral para el siglo XXI.
Los últimos planteos económicos desde el radicalismo lo realizaron figuras como Rodolfo Terragno -hoy retirado de la vida pública, alguna vez precandidato a presidente- y Ricardo López Murphy -quién tuvo que llevar su visión fuera de las puertas de la UCR, primero conformando el Pro y luego fundando Republicanos Unidos-.
El fantasma de 2001
Si Frondizi representa una asignatura pendiente de reivindicación, Fernando de la Rúa constituye una asignatura pendiente de revisión. La crisis de diciembre de 2001 continúa siendo el episodio más traumático para el radicalismo contemporáneo. Sin embargo, el partido nunca desarrolló una autocrítica profunda y colectiva sobre aquella experiencia.
La caída del gobierno de la Alianza no fue solamente una crisis económica. Fue también una crisis de representación política. Veinticinco años después siguen abiertas preguntas esenciales:
- ¿Por qué fracasó la Alianza?
- ¿Por qué colapsó la confianza ciudadana?
- ¿Qué errores institucionales se cometieron?
- ¿Qué enseñanzas siguen siendo válidas?
Ninguna fuerza política madura puede construir futuro ignorando los capítulos incómodos de su propia historia.
Entre Milei y el peronismo
El problema central del radicalismo no parece ser electoral. Parece ser doctrinario. Mientras el peronismo continúa articulando un discurso centrado en la justicia social y La Libertad Avanza construye su identidad alrededor de la libertad económica y la reducción del Estado, la UCR enfrenta dificultades para explicar de manera sencilla qué representa en la Argentina de 2026.
Su tradición histórica ofrece elementos valiosos: republicanismo, federalismo, educación pública, movilidad social, división de poderes, institucionalidad democrática. Sin embargo, esos principios necesitan una actualización capaz de responder a desafíos contemporáneos:
- inteligencia artificial;
- automatización del trabajo;
- concentración tecnológica;
- crisis educativa;
- envejecimiento demográfico;
- transformación del federalismo fiscal.
La pregunta ya no es qué hizo el radicalismo durante el siglo XX. La pregunta es qué propone para el siglo XXI.
El problema generacional
Durante décadas la UCR fue sinónimo de militancia juvenil. La Reforma Universitaria de 1918, la Juventud Radical y Franja Morada fueron motores de renovación política y cultural. Hoy el escenario es diferente.
Buena parte de los jóvenes que expresan descontento con el sistema político encuentran representación en movimientos libertarios o en espacios alejados de las estructuras partidarias tradicionales.
La situación obliga a otra pregunta incómoda: ¿Cómo hizo el partido que nació como una revolución cívica para convertirse, ante los ojos de muchos jóvenes, en parte del establishment?
El feminismo radical
Otro aspecto que merece ser incorporado al debate sobre la identidad contemporánea de la UCR es su relación histórica con la ampliación de los derechos políticos de las mujeres.
Aunque el feminismo suele asociarse en el imaginario colectivo a corrientes más recientes o a espacios ideológicos distintos, el radicalismo tuvo figuras pioneras como Elvira Rawson de Dellepiane, una de las primeras médicas argentinas y activa militante por los derechos civiles y políticos de las mujeres, y posteriormente dirigentes como Florentina Gómez Miranda, autora de iniciativas fundamentales para la igualdad jurídica femenina durante el retorno democrático.
Desde la Reforma Universitaria hasta las luchas por la participación política y la igualdad de oportunidades, distintos sectores del radicalismo contribuyeron a la construcción de una tradición feminista de raíz republicana, centrada en la ciudadanía plena, la educación, la autonomía personal y la igualdad ante la ley.
Sin embargo, al igual que ocurrió con otras vertientes doctrinarias del partido, esa tradición perdió visibilidad en las últimas décadas. Recuperarla no implica adherir acríticamente a las corrientes feministas contemporáneas, sino revisar de qué manera la UCR puede volver a liderar una agenda moderna de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, coherente con su histórica defensa de las libertades civiles, los derechos ciudadanos y la ampliación de la participación democrática.
Merece analizarse como mujeres como Elisa Carrió y Margarita Stolbizer tuvieron que armar sus propias fuerzas políticas por fuera de la UCR para poder ser candidatas a presidentas de la Nación.
El desafío de los próximos 135 años
La UCR no enfrenta una crisis de supervivencia. Sus gobernadores, legisladores, intendentes, afiliados y estructuras territoriales garantizan continuidad institucional. Lo que enfrenta es una crisis de propósito.
Tiene historia. Tiene cuadros técnicos. Tiene presencia federal. Tiene experiencia de gobierno. Lo que parece faltar es una definición clara acerca del papel que pretende desempeñar en la Argentina contemporánea.
A 135 años de su fundación, el radicalismo debería debatir menos sobre alianzas circunstanciales y más sobre su proyecto histórico. Porque el verdadero interrogante no es si debe acercarse al oficialismo, al peronismo o construir una alternativa propia.
El verdadero interrogante es otro: ¿La Unión Cívica Radical quiere volver a ser un partido de gobierno o se conformará con administrar la memoria de haberlo sido?
La respuesta no definirá solamente el futuro del radicalismo. También ayudará a determinar qué tipo de oposición, qué calidad institucional y qué alternativas políticas tendrá la Argentina en las próximas décadas.
