
Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Por cuestiones extraliterarias Reinaldo Arenas, escritor que nació en Cuba en 1943 y marchó al exilio en la década del ochenta, vio opacado el brillo enorme de su obra. Aunque también, como ha sucedido a muchos otros inmigrantes, su corazón nunca dejó la isla; y Miami y New York fueron casi extraños para sus obras.

Jamás cosechó el éxito que habría logrado en condiciones menos hostiles. Pero Arenas no nació con estrella, sino estrellado. Una vida llena de peripecias, de injusticias, de incomodidades combinada con una sensibilidad y un sentido crítico mordaz resultan en un corpus de lo más polémico. Y aun así, con esos sinsabores, o quizá por esa misma causa, escribió una de las mejores narrativas del continente.
Siempre como una «escribidera» –refiriéndose en ese sufijo a la incontinencia con la que creaba̶– era una descarga frente a las limitaciones que le fue imponiendo la vida. Arenas ejercía una de las más habituales motivaciones artísticas, la de compensar los dolores y las iniquidades, trocándolos por medio de la imaginación. Su forma de crear bien se parecía a un vendaval arrasador que destruía todo a su paso y no se detenía hasta que no acababa la pulsión. Así escribió la mayoría de sus libros.
Varios de ellos son novelas, pero con un ingrediente lírico muy particular, que recuerda bastante a Virginia Woolf. Tal es el caso de su primer libro que fue premiado y publicado en La Habana, cuando él había cumplido apenas veintidós años. Se llamó «Celestino, antes del alba». Pero con la pequeña diferencia de que la escribió no una dama refinadamente instruida y relacionada con la crema intelectual de la Londres de principios del XX, sino un guajiro pobre, con una educación formal escasa y en medio de toda clase de persecuciones, donde el perseguidor, como en un caleidoscopio fatal fue mostrando sus mil caras. El abuelo, el Régimen revolucionario, la pobreza, la enfermedad fueron los rostros visibles de la persecución.
Hijo de una madre soltera, apenas vio una vez a su padre cuando era chico y eso le alcanzó para cerrar la puerta a ese vínculo de por vida. Hasta su experiencia adulta no conoció el mar. Vivía en una granja de Oriente, con sus abuelos, su madre y algunas tías. Ya entonces había registrado dos aficiones que le granjearían unos cuantos problemas. La primera, la de escribir frases y luego poemas sobre el tronco de los árboles. La segunda, su atracción sexual por los hombres en tiempos muy diferentes a los nuestros, donde se combatía esa elección como si de una enfermedad se tratara.
La voz del niño nos cuenta la historia de Celestino, hostigado por el abuelo, que representa la cultura de la época. El texto es en partes iguales esperanzado y desolador. El descubrimiento de la escritura como resistencia contra las persecuciones es la clave de este texto e inaugura una carrera completa dedicada al mismo tema.
Quizá donde sea más notorio es en la mejor de sus obras: «El mundo alucinante», una genial novela histórica (categoría de la cual se burla el autor), llena de humor, anticonvencional, crítica, profunda y emotiva, que cuenta la vida de un verdadero héroe de la Independencia mexicana, aunque ficcionalizada a un punto delirante.
Fray Servando Teresa de Mier pronuncia un discurso en el que iguala a la Virgen de Guadalupe con una figura del panteón precolombino. Las autoridades eclesiásticas se indignan con aquello y comienzan a perseguirlo. Por momentos es prisionero de ellos, pero su espíritu libre logra varias veces la libertad.
Lo que es alucinado es la estética de dibujos animados o comics que prevalece en el relato. Es sin dudas un realismo mágico de los mejores que dio el boom, aunque Arenas no pueda competir en fama con García Márquez, con Cortázar ni con Carlos Fuentes. A pesar de que no les anda a la zaga en talento, creatividad y calidad literaria.
Es una obra maravillosa que deja al descubierto la cultura de varios países por los que va pasando el sacerdote fugitivo sin perder jamás la concepción mítica que es característica de la literatura latinoamericana.
Arturo, la estrella más brillante, Otra vez el mar, El color del verano, El palacio de las blanquísimas mofetas, El asalto, El portero, Voluntad de vivir manifestándose, Adiós a mamá, Necesidad de libertad y unos cuantos libros más siguen. Pero el que registra sin alucinar su experiencia vital es Antes que anochezca, su autobiografía.
Toda su narrativa es, en algún punto, autobiográfica. Lo que alucina es la perspectiva desde la que se ve cada uno de los hechos narrados. Es la voz y los ojos del niño en «Celestino…», por dar un ejemplo. Pero en «Antes que anochezca», si bien no mata el lirismo típico de su estilo, hay una búsqueda de testimonio objetivo, lo más fiel a la verdad de la que es capaz su literatura.
Por compartir algo de los cientos de episodios que se narran, Arenas menciona una especie de maldición que lo hace escribir años antes y en la piel de sus personajes, aquello que está destinado a sucederle. Así atribuye al fraile Teresa de Mier una estadía en una cárcel cuya celda está literalmente bajo agua gran parte del día. Increíblemente, el mismo Arenas pasa por ese sitio inverosímil años después.
Uno de sus amigos más queridos, Lázaro, el mismo que lo asistió en el suicidio, había acordado con él que quien muriere primero debía darle alguna señal al sobreviviente sobre la vida después de la muerte. Y ya muerto Reinaldo, Lázaro invitó a otro latino a su casa, al llegar, el hombre reprodujo una frase con la que se saludaban jocosamente Lázaro y Reinaldo Arenas. «¡Ay, qué lindo tienes el pelo!», dijo. Luego se fueron a comprar unas cervezas y otro de los presentes pronunció la misma frase sin explicación, para seguir indiferente la conversación que llevaban, como si no hubiera notado lo que él mismo profirió. Al regresar, la esposa de uno de los asistentes volvió a decir «ay, qué lindo tienes el pelo!», a modo de saludo. Lo curioso según cuenta Roberto Valero, amigo y biógrafo de Arenas, es que ninguno de los tres registró lo que había dicho. Continuaron como si no hubiera habido tal comentario. Lo que más impresiona de estas «señales» es que la tercera persona que lo dijo, fue alguien que no hablaba el español.
La identificación simbólica de la libertad con la promiscuidad sexual a la que se entregaba el autor también es tema de unos cuantos relatos.
Convertido prácticamente en uno de sus personajes alucinados también vemos un Arenas desdentado, canjeando sus poemas por cigarrillos en la cárcel. Escribiendo por los presos que naturalmente no podían igualar su talento para la clásica carta de amor. ¡Se había convertido en un ghost writer carcelario!
En este sentido, «Antes que anochezca» quizá sea el mejor portal de entrada a su obra. De ella extrajo Julian Schnabel todo el material para la puesta en escena cinematográfica que lleva el mismo nombre. El director neoyorquino rodó una película que enalteció Javier Bardem con una actuación memorable. Verla es una experiencia estética e histórica con un tono literario inconfundible. Leer la obra es, sin dudas, mucho más.
*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
