Por Gisela Colombo
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Estaba en una época de la vida donde ya le gustaban más las molduras que las aristas. Cierta inestabilidad de carácter que siempre lo había llevado hacia el lado de las conciliaciones eludiendo los conflictos, ahora, era asumida con plena conciencia como una característica constitutiva de su persona y, a partir de ahí, gobernaba sus actos como mejor le acomodaba a ella.
Se había hecho más tolerante consigo mismo y con la realidad, sabía de sus limitaciones pero también de sus fortalezas. Ya no dependía tanto de la aprobación de los otros para ganar seguridad, característica de sí mismo que deploraba pero que había compensado con inteligencia acercándose a quienes podían brindarle apoyo.
Una vulnerabilidad oblomoviana lo mantenía a cierta distancia del prójimo, sin embargo se esforzó por lograr la convivencia necesaria para poder afrontar las obligaciones del trabajo cotidiano por la sobrevivencia, sin que los demás lo advirtieran. Es más, en su entorno laboral había logrado que lo apreciaran por su sociabilidad.
Ahora, por fin, sentía que su centro de gravedad estaba en sí mismo y que él también podía ser apoyo para sus semejantes. Por fin había superado la clausura en su interioridad, que lo había hecho relativamente insensible al problema de los otros.
La etapa donde los tiempos de la vida empiezan a acortarse lo encontraba dotado de una solidez que le faltó en la juventud. Experimentaba un poco aquello de que quien añora la juventud es porque no logró superarla; aunque a veces sentía nostalgia por la juventud que se alejaba.
Había descubierto la plenitud de los momentos pero, también la capacidad de ir construyendo de a poco sin ansiedad y con perseverancia.
Las trasformaciones que experimentaba las vivía no como un resultado de todo lo anterior sino como la culminación de un trayecto hasta el lugar donde comenzaba un camino que había buscado, quizá sin saberlo, y que lo conduciría hacia una superación espiritual que estaba más allá de los condicionamientos psicológicos y aún biológicos.
En esto, el poder escribir significó un cambio en su vida. Todo empezó sin proponérselo, imperceptiblemente, casi naturalmente.
Recuperó la lectura, cuyo gusto nunca había perdido totalmente, pero que por años no practicó. Fueron años de incursionar por la historia, la filosofía y la literatura sin un plan pero profundizando bastante en cada tema, ayudándose con las facilidades que ofrecía INTERNET.
Inspirado por la lectura, comenzó a jugar con recuerdos entrañables, que siempre ocupaban un lugar en su memoria nostálgica, simplemente registrándolos. Relatos de su padre, escenas familiares, vivencias juveniles, etc. comenzaron a volcarse como crónicas despojadas.
Más tarde, esas crónicas se fueron transformando en historias más o menos pegadas a los recuerdos que las originaban. Paulatinamente, los personajes de esas historias cobraron autonomía y reclamaron una vida propia, desvinculada de la subjetividad de los recuerdos del autor.
Entendió, o más bien experimentó, –que es entender más sentir–, que sus escritos ingresaban por derecho propio en la dimensión literaria y que ésta era otra dimensión de la vida.
Comenzó así a ejercitar la disciplina de modelar la materia que la fantasía presta a la literatura, a someterse a la lógica propia de un relato, a respetar la coherencia que impone cada personaje en su desarrollo. Así fue pergeñando relatos breves que tuvo que retomar muchas veces, hasta llegar a ese punto en el cual la materia deja de ser tal, alcanza la forma perfecta de un gesto completado y se convierte en una obra acabada.
En la tarea de escribir encontró una armonización del alma y cuando por alguna razón no podía hacerlo, lo invadía una inquietud que sólo se calmaba al sentarse en la máquina.
Esto, junto con la lectura, era la única actividad que le interesaba. Todo aquello que postergaba su contacto con la literatura se le fue haciendo cada vez menos soportable y anodino.
Paulatinamente fue logrando la abstracción necesaria para pasarse horas escribiendo ininterrumpidamente, aunque rara vez encontraba las ocasiones para hacerlo.
También fue puesto a prueba (y no siempre salió airoso) por aquel extrañamiento que experimenta el artista y que lo aleja del mundo de los otros, con la angustia consecuente que esto conlleva, sobre todo en los comienzos. ¿Qué otra cosa sino heroísmo se necesita para no ceder al cansancio, ni al miedo, ni a los prejuicios sociales y soportar la soledad del acto creador sin vacilar ante las dificultades que entraña? Por no hablar de las renuncias que hace una existencia dedicada al arte, con respecto a las gratificaciones, pequeñas o grandes, de una vida burguesa.
Su caso era especial porque su afición por el arte le nació en la madurez avanzada. Tenía presente entonces la mordacidad con que Thomas Mann trata a un personaje, –oficial del ejército–, de su novela póstuma Tonio Kröger quien en una reunión social presumía de su inclinación por la poesía, ridiculizándolo por ignorar la diferencia entre poco menos que un hobby y la dedicación al arte como un modo de vida. Dicho en palabras simples: la diferencia entre ser y «hacerse» el artista.
A veces, –cuando empezó a escuchar, con frecuencia, su nombre pronunciado en la sala de espera de los médicos–, le asaltaba el temor de que la vida le jugara una mala pasada y la muerte lo sorprendiera esperando un jubileo que nunca llegaría y con el que soñaba.
Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
