Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Reinaldo Arenas, escritor cubano en tiempos en que comenzó la Revolución, tuvo como muchos otros la alegría y la esperanza propias de cuando un pueblo dice «basta». En efecto, cuando Fulgencio Batista se vio obligado a dejar el poder la gesta era manifiesto del hartazgo de la gente común, y no sólo de los grupos que buscaban instaurar un sistema más justo, que no hiciera de la isla un distrito marginal de EEUU, donde estaban sus prostíbulos y sus casinos.

Incluso intentó, con sus catorce años, unirse al ejército que comandaba Fidel Castro. Pero se lo impidió la pobreza: no tenía armas ni caballos. Ése era el requisito. Una prueba clara de la proliferación de aspirantes y de la escasez de insumos para la guerra. El pueblo apoyaba la moción. Como pilotos de tormenta se fueron desempeñando los primeros años quienes conducían el Régimen.
Con el tiempo el referente ruso aportó una serie de normativas, estrategias y recursos, que Cuba aceptó e intentó replicar. Si bien muchos de sus compatriotas tardaron en ver los hilos rusos detrás de las marionetas locales, para Arenas, el terror mostró su rostro muy pronto. Lo enroló el mismo Estado en un curso de contabilidad agrícola, que él considera correlato necesario de las expropiaciones que vendrían. Era una especie de saberes técnicos que se implementaba en el viejo campamento de La Pantoja, sitio que, a sus dieciséis años, había sido convertido en un colegio politécnico. Allí conoció el autor la omnipresente bibliografía comunista, mientras las autoridades aseguraban una y otra vez, que no lo eran.
También allí vio claramente las consecuencias indeseables de ser homosexual. «Los muchachos que eran sorprendidos en esos actos tenían que desfilar con sus camas y todas sus pertenencias rumbo al almacén, donde, por orden de la dirección, tenían que devolverlo todo; los demás compañeros debían salir de sus albergues, tirarles piedras y caerles a golpes. Era una expulsión siniestra, por cuanto conllevaba también un expediente que perseguiría a esa persona durante toda su vida y le impediría estudiar en otra escuela del Estado».
Precisamente lo que determinó su rápida aversión al Régimen fue la persecución a los homosexuales. Condición que, como la de poeta disidente, era en sí misma una actitud sediciosa y contrarrevolucionaria.
Arenas era homosexual como lo era Piñera y como él supone lo era Lezama Lima, aunque éste último, por pedido de su madre, había tomado esposa. Como ellos, el listado es larguísimo. Basta transitar la obra de Reinaldo para averiguarlo.
Lo cierto es que sorprende que muy pocos extranjeros conozcan la profunda homofobia que caracterizó al sistema cubano. En rigor, como cualquier realidad histórica, no conviene hacer revisionismo desde la perspectiva del ahora. La homofobia era moneda corriente en la sociedad de la época, pero el Régimen cubano se las arreglaba para castigar penalmente actitudes calificadas, en todo caso, como faltas a la moral. Fueron expertos en criminalizar las conductas sexuales y con ello cercenar las más básicas libertades individuales.
Esto, según se desprende de las memorias de Arenas, sometió a muchísima gente a la satisfacción clandestina de sus necesidades (que incluyó además del sexo, el abastecimiento de alimentos) y recrudeció la demonización a todo aquel que no practicara un sexo tradicional. La figura legal que más utilizaban para arrestar a los homosexuales era el «escándalo público».
Hoy nos parece mentira que un Régimen que se autoproclamaba revolucionario tuviera las obsesiones conservadoras rancias que se le atribuyen a las facciones más ortodoxas de las religiones tradicionales. Pero así era.
«Antes que anochezca», la autobiografía de Reinaldo Arenas, ofrece 350 páginas de testimonio sobre una persecución que hoy, en los países occidentales, nos resultaría inverosímil.
El adoctrinamiento fue logrando lo suyo en la superficie. Pero cuando lo que se censura es algo esencial de la identidad, entonces cumplir se torna una traición imposible de cometer, porque es hacia uno mismo. Éste es solo uno de los conceptos que sostiene el libro.
Arenas tenía la convicción de que, cuando las libertades individuales sufrían una mutilación, o varias, obligaban al hombre a la rebeldía. Por no perder la condición humana y ser reducidos a rebaño, por conservar la voluntad de ser dueño de sí, muchos sujetos recurrían a la transgresión como forma de la resistencia. Si la más alta era escribir denunciando los males de la Isla, cosa que también se le tornó hábito, la más cotidiana era practicar la «sodomía».
La cuestión es que en algunos casos el poder no lograba evitar que los captores, que los mismos oficiales del Estado, que debían combatir estas conductas, se enredaran, ellos también en orgías con los «pájaros», o en encuentros sexuales fugaces y escandalosos.
«Recuerdo también una aventura con otro joven militar. Nos conocimos frente a la UNEAC; le di la dirección, fue a mi casa y se sentó en el único sillón que tenía allí. No tuvimos que hablar mucho; ambos sabíamos a lo que íbamos, pues ya en los urinarios de Coppelia él había dado señales de un erotismo impostergable. Nos entregamos a un combate sexual bastante notable. Después de haber eyaculado y de haberme poseído en forma apasionada, se vistió tranquilamente y sacó un carné del Departamento de Orden Público y me dijo: Acompáñame, estás arrestado; preso por maricón».
En su autobiografía el autor incluso forja una teoría que agrupa a los homosexuales masculinos en varias categorías, la primera de ellas planteaba una dinámica de entradas y salidas permanentes en las cárceles cubanas, acusados de ir contra la moral del pueblo revolucionario.
«Atendiendo a aquellas diferencias tan grandes entre unos y otros homosexuales, establecí unas categorías entre ellos. Primero estaba la loca de argolla; éste era el tipo de homosexual escandaloso que, incesantemente, era arrestado en algún baño o en alguna playa».
A este grupo perteneció él, a juzgar por la persecución, el confinamiento en varias cárceles, y la huida irregular de la Isla, a bordo de una balsa llamada «El Mariel» y con un documento adulterado que rezaba «Reinaldo Arinas» en lugar de «Reinaldo Arenas».
Las restricciones fueron increscendo según pasaba el tiempo y los límites a los derechos esenciales fueron haciendo más y más necesaria la infracción, según afirma el texto. El resultado es que quienes se sentían, como el autor, homosexuales y poetas, llegaron a un punto en que la supervivencia en la Isla les resultó imposible. Y, contra toda normativa del Régimen, huyeron. Algunos, después de años de intentos de fuga, a cualquier sitio. Así es como Reinaldo Arenas se mezcló con el cosmopolitismo de la Nueva York de la década del ’80, que jamás lo hizo sentir en casa ni borró el paisaje insular paradisíaco de su Cuba natal.
En Nueva York, descubrió el virus que determinaría el final voluntario de su vida, en diciembre de 1990.
En el año 2000 un equipo dirigido por Julian Schabel, cineasta norteamericano, que sumó a varias figuras de primer nivel (Johnny Depp y Sean Penn, entre otros ) rodó la autobiografía; y «Antes que anochezca» se convirtió en una especie de documental en el que la actuación increíble de Javier Bardem, en el papel de Reinaldo, llevó la historia vital de un poeta casi desconocido a pesar de que podría haber competido en talentos y obras con los mejores escritores del Continente̶ a un público mucho más amplio. Youtube ofrece el film gratuitamente, por lo que no hay excusa para perdérselo en un tiempo convulsionado de Cuba, que quizá padezca todavía hoy muchos de esos vicios.
Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
