Por Gisela Colombo
En 1913, poco después de romper con Sigmund Freud, Carl Gustav Jung empieza a tener visiones que no puede controlar ni explicar. Ve, despierto, ríos de sangre cubriendo Europa; oye voces; siente que su propia mente se está resquebrajando. En vez de huir de esas imágenes, decide hacer algo poco convencional para un psiquiatra de treinta y ocho años con una carrera brillante detrás: se sienta cada noche a dialogar con ellas, las dibuja, las transcribe a mano en un volumen encuadernado en cuero rojo que llamará, años después, Liber Novus, el Libro Rojo. Jung llamaría a este período su «confrontación con el inconsciente», y de esas páginas —que su familia mantuvo inéditas casi cien años, hasta 2009— saldría, transformada en teoría, buena parte de la psicología analítica que todavía hoy lleva su nombre.
Para llegar a esa habitación de Küsnacht, junto al lago de Zúrich, conviene retroceder varias décadas. Jung nació en 1875 en Kesswil, Suiza, hijo de un pastor protestante cuya fe, según el propio Jung recordaría después, era más ritual que vivida: una fe sin la fuerza numinosa que a él, de niño, ya lo obsesionaba. Estudió medicina en Basilea y en 1900 empezó a trabajar en el hospital psiquiátrico Burghölzli, bajo la dirección de Eugen Bleuler, uno de los primeros en usar clínicamente el término «esquizofrenia».
Ahí Jung desarrolló el test de asociación de palabras, una herramienta que le permitió detectar, a través de las demoras y los tropiezos verbales de sus pacientes, la existencia de lo que llamó «complejos»: núcleos de contenido emocional reprimido que la conciencia no controla del todo. Fue ese trabajo empírico, más que cualquier especulación filosófica, el que le abrió la puerta a Sigmund Freud, quien vio en el joven suizo protestante —a diferencia de los primeros discípulos vieneses, casi todos judíos— al heredero ideal para universalizar el psicoanálisis más allá de Viena.
La alianza entre ambos duró seis años intensos, con una correspondencia de cientos de cartas y un viaje juntos a Estados Unidos en 1909. Pero se rompió, en 1912 y 1913, por una diferencia que no era solo personal sino teórica: Freud insistía en que la libido era, en esencia, energía sexual; Jung, en su libro Transformaciones y símbolos de la libido, empezaba a proponer que esa energía psíquica era más amplia, y que los mitos de todas las culturas —no solo los complejos individuales de cada paciente— revelaban algo compartido por toda la especie humana. Freud vivió la disidencia como una traición filial; Jung, la ruptura, como una liberación que casi lo destruye. «Después de la separación de Freud, un período de incertidumbre interior comenzó para mí —escribiría más tarde—. Habría sido más correcto llamarlo un estado de desorientación.» Ese estado es, exactamente, el que documenta el Libro Rojo
De esa crisis —que algunos biógrafos describen como una enfermedad creativa, no muy distinta de la que un siglo antes había atravesado Nietzsche— Jung emergió con el andamiaje conceptual que ocuparía el resto de su vida: el inconsciente colectivo, los arquetipos, la individuación, los tipos psicológicos, y más adelante la sincronicidad, desarrollada en diálogo con el físico Wolfgang Pauli. Construyó, en Bollingen, a orillas del mismo lago, una torre de piedra que fue ampliando durante décadas con sus propias manos, como una suerte de autobiografía en piedra: cada ampliación de la torre coincidía, decía Jung, con una etapa nueva de su propio desarrollo interior. Esta dinámica resuena con cierta tendencia mística como la de Teresa de Jesús, cuando habla de las estancias de su “Castillo interior”.
La biografía de Jung tiene también una zona incómoda que ninguna nota seria puede omitir: durante los años treinta, mientras presidía la Sociedad Internacional de Psicoterapia bajo su reorganización nazi, escribió textos que distinguían entre una supuesta «psicología aria» y una «psicología judía», en un momento en que esa distinción no era inocente. Jung se defendió después argumentando que había intentado salvar la psicoterapia en Alemania y proteger a colegas judíos expulsados de sus cargos, y algunos historiadores respaldan parcialmente esa versión; otros la consideran una racionalización tardía. El propio Jung, en sus últimos años, reconoció haber cometido «un desliz» en esos años. Es un capítulo que los estudiosos de su obra todavía debaten, y que conviene mencionar sin simplificar en ningún sentido.
Jung murió en Küsnacht en 1961, a los ochenta y cinco años, dejando una obra que había construido, literalmente, desde el fondo de su propio abismo. Semejante legado, sin dudas, requiere mucho más espacio. Retornaremos en nuevas entregas a las ideas que salieron de ese descenso: no como curiosidades biográficas, sino como herramientas que millones de personas, sin saberlo casi nunca, siguen usando cada vez que hablan de su «sombra», de su «lado ánima» o de la sensación de que una coincidencia significaba algo más.
