Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Cuando intentamos una literatura comparada entre los clásicos de las diferentes tradiciones y procedencias nos enfrentamos a un hecho llamativo. En todos ellos existe una preocupación básica ligada a los ritos funerarios. Aparece como una especie de primer mandamiento religioso.

En efecto, estas normas que el hombre previo a la ilustración consideraba una carga de culto religioso, irrumpe con una apariencia de sacralidad que se abre al más allá, a la voluntad divina y sus posibles castigos. En rigor, se trata de costumbres rituales que van evolucionando generación a generación procurando no perder su centro, el propósito que las anima. Como ocurre con las liturgias de cada confesión, van modificándose los signos y las prácticas para manifestar un mismo contenido apegado al concepto de sagrado.
Mircea Eliade, quien se ocupa del mito, señala que éste es la matriz desde donde surgen muchas de las normas que se aplican en ocasiones religiosas y en diversas civilizaciones. El investigador plantea que este tipo de celebración busca reeditar los hechos fundacionales normalmente guardados en el acervo de mitos más primitivos de una sociedad. Al practicar una festividad semejante, los participantes viajan a esa realidad original en que aún existía incorrupta la génesis. De tal modo, existe un regreso que permite volver a empezar. Y la experiencia original de los héroes míticos son vectores que guían a sus descendientes. Los ritos de reinicios no nos sorprenden. El día de Año Nuevo, de hecho, lo festejamos cada verano. Y si cumplimos esos pasos rituales, a pesar de considerarlos simples formalidades, es porque seguimos siendo esos hombres primitivos que necesitan dotar de valor sacro los hitos existenciales.
La muerte está primera entre las tradiciones que conducen a religar al hombre con el Creador, el Universo, el Cosmos o como queramos referir nuestro campo de comprensión. La mayor angustia humana es, como diría Rubén Darío «[…] el espanto seguro de estar mañana muerto». La finitud es tema de la mitología de todas las civilizaciones. El teatro mismo (la tragedia) nace como consecuencia de la necesidad de procesar la posición del hombre frente a las fuerzas que dominan o han creado el Universo. Especialmente el desconocimiento y el silencio al que nos somete esa Inteligencia Ordenadora o Creadora, que sin embargo conduce los destinos.
Por eso, si algo merecería la mayor observancia ritual, serían los funerales. En algunas sociedades primitivas se proponía la cremación. La Ilíada de Homero, por dar un ejemplo, describe la pira de dimensiones que realizaban los soldados para despedir a un guerrero. En La Odisea, Penélope teje y desteje el sudario de su suegro.
En efectos, esos hombres referidos por Homero provenían de las ciudades aqueas donde la práctica habitual era realizar los rituales en la ciudad natal. El costo estaba a cargo de la familia, excepto que se tratara de una cuestión de Estado. Las mujeres solían bañar el cuerpo, lo ungían con aceites y lo envolvían en lienzos que la historia conoció como «sudarios» y la modernidad llama «mortajas». Había sitios en que se velaba al muerto en la vivienda propia y entonces se colocaba un vaso ante la puerta para indicar que allí se oficiaban las exequias.
Pocos ignoran que alguna vez existió tal cosa, gracias a los relatos bíblicos, y la difusión de las reliquias de la cristiandad recolectadas en los primeros siglos de la era cristiana, como fue el caso del legendario sudario de Cristo.
En el Imperio Romano, la preparación del cuerpo era similar a aquella que se practicaba en Grecia: se decoraba el nicho con flores y lámparas y se practicaba la incineración.
Cuando estas tradiciones estaban vigentes, las mujeres bañaban el cuerpo y lo untaban con aceites envolviéndolo con un sudario, ya lo hemos dicho. Tal descripción consta en relatos del Antiguo Testamento, el libro sagrado de los judíos, pero también en el Nuevo (la Biblia cristiana). En ambas literaturas, se menciona el mismo ritual, en el segundo caso, para quienes serían los primeros cristianos.
No obstante, a diferencia de romanos y griegos arcaicos, en la cultura judeocristiana se dejaba el cuerpo amortajado en tumbas similares a los monumentos de familias que existen en nuestros cementerios modernos, sólo que construidos respetando cuevas o grutas naturales.
El mismo relato de la resurrección de Cristo lo acredita con detalle.
Algunas culturas relacionaban la preparación con aquello que el muerto necesitaría en el tránsito hacia su patria verdadera y eterna. Los egipcios, por dar un ejemplo, sepultaban al muerto con todos sus objetos queridos, sus mascotas e incluso vituallas como si fuera a abrirse camino a lo largo de leguas marinas. Otros tenían un sentido más práctico en el ámbito de sus creencias y llevaban entonces monedas para el barquero que los cruzaría hasta la morada definitiva. En las epopeyas clásicas como la Eneida y en los mitos de transmisión oral aparece ya la costumbre. La Divina Comedia retomará esta tradición cuando ubique a Dante en la playa del Aqueronte.
Otras culturas también relacionaban las aguas con ese viaje al infinito. Los vikingos, por dar un ejemplo, subían al muerto a una barca en la que se encendía una pira y la soltaban al mar para que siguiera el rumbo del viento que la impulsara, mientras el fuego hacía lo suyo.
Una reciente película llamada «La excavación» introduce el modo de enterrar a sus muertos en el barco de su propiedad, si se trataba de un hombre rico o poderoso. El mismo argumento admite la polémica que se había dado entre los arqueólogos oficiales y el autodidacta que descubrió lo que se llama Sutton Hoo, un barco funerario desenterrado en territorio británico. Los primeros creían que se trataba de una tumba vikinga del siglo IX después de Cristo. Y el segundo, quien realiza el hallazgo, juraba de antemano que era más antigua la civilización que forjó el monumento enterrado. Habían sido anglosajones. Este descubrimiento cambió la historia inglesa para siempre porque permitió estudios que rebatieron la idea de salvajismo que se tenía respecto a esos bárbaros.
En pueblos precolombinos como los Incas, en cambio, el funeral era un largo proceso que peregrinaba desde el sitio de la ciudad en que el muerto había vivido hasta su integración con el espacio abierto. En caso de que hubiera peleado en conflictos bélicos tendía a encaminarse la procesión hacia los sitios de sus batallas. Los participantes se pintaban la cara con una tintura negra y cantaban y recitaban todo el tiempo. En muchos casos lo recitado eran las mismas buenas acciones o proezas del recién fallecido. Asimismo, acompañaban la caminata portando objetos que le pertenecieron también. Y hacia el final de las exequias se celebraba un banquete donde se ofrecían varios animales asados y otros manjares.
En suma, si algo tienen en común todas las civilizaciones antiguas y modernas es precisamente la importancia y el tratamiento de ocasión sagrada con que revisten a la muerte.
Estas leyes se le presentaban al pueblo como una cuestión religiosa. Había que cumplir con los ritos funerarios porque de otro modo sufrirían los deudos y el pueblo todo el castigo de los dioses. Una vez más, el lenguaje metafórico que señalaba Mircea Eliade.
La amenaza de recibir el «castigo de los dioses» no era sino una norma sanitaria. Si la clase sacerdotal o los jefes del pueblo habían instituido esas normas era por lo mismo que la ciencia diría mucho tiempo después: habían constatado generación tras generación un hecho incontrastable. Si un cuerpo quedaba insepulto y no se cremaba, entonces una epidemia se expandía y mataba a otros tantos. Castigo divino o bacterias pululando por el aire y por el agua, no importa. Lo cierto es que de esa especie de tabú, de norma inobjetable y trascendente, se gestó una de las mejores profilaxis que dio la historia.
*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
