
Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS
Quien crea que las polémicas verbales por twitter son señal de modernidad, cumplimos en decirle que se equivocan. Durante el Siglo de Oro español que dura bastante más de un siglo (va desde 1492, con la publicación de la Gramática de Luis de Nebrija hasta la muerte de Calderón, en 1681) dos poetas castellanos de los mejores de la historia tenían abierta una discusión sin principio ni fin.

Los escritores suelen tener temas vitales, que se repiten en reelaboraciones diferentes –y siempre fragmentarias– por medio de una y otra obra. A esos temas regresan permanentemente, con la sensación final de no haber agotado su recorrido. Pues para estos poetas el otro representa uno de los temas permanentes.
Se trata de Luis de Góngora y Francisco de Quevedo.
Góngora era un presbítero veinte años mayor que su rival. Como hombre de la Iglesia tenía una formación excelente en las lenguas antiguas (latín, griego, hebreo), una cultura vasta en conceptos religiosos y filosóficos y un conocimiento profundo de los clásicos. Vivió de su propia escritura y fue muy bien recompensado. Sin embargo, acabó sus días en la pobreza. Lo que la historia susurra sotto voce es algo que hoy sí tiene nombre: ludopatía. La adicción a los juegos de cartas y otras modalidades del reino del azar.
Quevedo, nacido en Madrid, en 1580 se trasladó a Valladolid cuando la Corte Real se asentó allí, porque sus padres se desempeñaban en altas funciones. Pero el nombre de Francisco comenzó a resonar en parte por los ataques satíricos despiadados que le dedicó al creador del «culteranismo» Don Luis de Góngora. Quizá ese enojo con el poeta cordobés no fuera sino otro modo de manifestar su descontento con la vida, que lo había hecho nacer con una miopía grave y deformidades en ambos pies y luego lo había sometido a una infancia de soledad. Lo cierto es que Francisco de Quevedo fue haciéndose un lugar en la escena literaria de Valladolid por aquellos años y lo hizo, como lo hacen nuestros mediáticos, por medio de mensajes escandalosos. Estaba muy interesado en polemizar con Góngora porque ése era la vía más directa a la fama. Su prestigio literario, vendría después de haberlo merecido, por su labor poética.
De conocerse los sonetos serios de Quevedo, parece difícil creer que ese hombre que logra los versos más sublimes de la poesía española, pudiera ser el mismo que titulara «Gracias y desgracias del ojo del culo». Sus sonetos satíricos son especialmente graciosos. Aunque no faltan en nada al espíritu de la sátira que usa el humor como un medio y no como un fin. Humor que se ordena a la invectiva contra alguien más que al deseo genuino de divertir. Da la impresión de que entre ambos rivales prevalece más el deseo de lacerar en él, que en Góngora.
Por cuestiones de espacio, no podremos transcribir el ingenio, la maldad y la inteligencia de sus versos, en este ámbito. Pero valgan como muestra estos fragmentos del diálogo que duró toda una vida.
Góngora contesta una estocada de Quevedo con estas líneas, acusándolo de plagiador de su poesía satírica:
«Musa que sopla y no inspira
Y sabe que es lo traidor
Poner los dedos mejor
En mi bolsa que en su lira,
No es de Apolo, que es mentira»
De Quevedo a Góngora van estos próximos versos, que aluden a unos poemas llegados por medio de criados:
«Buenos deben ser, pues han pasado
Por tantas manos y por tantos ojos
Aunque mucho me admira en mis enojos
De que cosa tan sucia haya limpiado»
Don Francisco se refiere al «ojo» aquel, ya célebre por su pluma.
Mientras tanto, Góngora se burla de lo mal que traduce el griego y se da el gusto de compararlo con Lope, a quien declara ganador indiscutible de la justa, sin haber sido nunca objeto de su devoción.
Mientras Quevedo se mofa de la prodigalidad corrosiva, exterminadora de toda fortuna, cualidad muy propia de Luis de Góngora, aquél lo menciona con el nombre de «Francisco de Quebebo».
El odio estaba destinado a arribar a tal punto que cuando Góngora cursaba sus últimos años de vida, estaba enfermo y se había quedado sin recursos, Quevedo compró la casa que arrendaba el poeta cordobés simplemente para darse el gusto de desalojarlo. El resultado es que Góngora debió volver a su casa en Córdoba y allí murió unos meses después.
Este hecho dificulta bastante tomar humorísticamente la disputa, antes mueve sentimientos de pena. Porque dan tanta lástima la enfermedad y pobreza de uno, cuanto el resentimiento del otro.
Pero no siempre fue tan cruel el contrapunto. El famoso soneto en que Quevedo se ríe de la condición de narigón de su contrincante es un ejemplo de ello:
Y aunque estas violencias no sean dignas de recordarse por ciertos golpes bajos que asestan, quizá sí podríamos evocar ese poema por demás infantil, más propio de riñas escolares de patio entre niños de siete años que de dos intelectuales de los más brillantes que dio España.
Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;
Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egipto,
Los doce tribus de narices era;
Érase un naricísimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.
Sin quererlo, ambos poetas presagian las polémicas futuristas de redes sociales a más de cinco siglos de adelanto, honrando más que a un rival (que también se honra) el humor y el ingenio de la palabra.
*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.
Instagram: @gisela.colombo
